Poco conocida en los círculos anarquistas de habla castellana, y pasada por alto por los historiadores anarquistas en general, Charlotte Wilson esencialmente introdujo el comunismo-anarquista a la audiencia inglesa. Fundó Freedom junto a Piotr Kropotkin en 1886 — aún el periódico de más larga vida en Inglaterra —y fue su principal editora y publicadora por más de ocho años. Estuvo también involucrada en establecer grupos de discusión anarquista en Londres y en alentar a otros grupos locales; fue además una activa oradora y polemista. El texto a continuación corresponde a la primera nota editorial de «Freedom» en su primer número publicado en octubre de 1886.
Por largas eras de demoledora
esclavitud, la libertad, ese fin desconocido del peregrinaje humano, un
esplendor velado, ha rondado en el horizonte de las esperanzas de los hombres. Se
esconde en la trémula ignorancia de la humanidad, y su borroso e irracional
terror a todo lo que se manifieste con poder, ya fuese una incomprensible e
incontrolable fuerza natural o la supremacía de una potencia, una habilidad o una
malicia superior en la sociedad humana, o la actitud interior de adoración servil
a lo que se impone desde fuera como una verdad que supera la comprensión, así
es el velo que oculta a la libertad de los ojos de la humanidad; a veces adopta
la forma de aquel miedo ciego del salvaje a su medicina o a su fetiche, a veces
la forma de la igualmente ciega reverencia del trabajador inglés a la ley de
sus amos y de la muestra de consentimiento a su propia esclavitud económica que
le es sonsacada a través de la farsa de la representación. Pero cual sea la
forma, la realidad es la misma, ignorancia, terror supersticioso, sumisión
cobarde.
¿Qué es el progreso humano sino el avance de la creciente ola de sublevaciones
contra esta tiranía pesadillezca de aquel pavor ignorante que ha mantenido a la
humanidad esclava de la naturaleza exterior, esclava de unos con otros, y de sí
misma? La ciencia y las artes, el conocimiento y las diversas formas de
aplicación práctica del ingenio y la destreza, la fuerza vinculante y
reveladora del afecto y del sentimiento social, la protesta de los individuos y
los pueblos a través de la palabra y el acto contra la opresión religiosa,
económica, política y social, éstas, todas y cada una, son armas en las manos
de los rebeldes contra los poderes de la oscuridad que se refugian tras el
escudo de la autoridad, humana y divina. Pero son armas no igualmente efectivas
en todo momento. Cada una tiene su tiempo de utilidad especial.
Vivimos al final de una era en la que el maravilloso aumento de
conocimiento dejó abandonado al sentimiento social y permitió a los pocos que
monopolizaron el poder sobre la naturaleza recién adquirido crear una
civilización artificial basada en su derecho exclusivo a retener la posesión privada
y personal de la abundante riqueza producida.
La propiedad — no el derecho a usarla, sino el de no dejar que otros
la usen — le permite a los individuos que se han adueñado de los medios de
producción mantener sometidos a todos quienes poseen nada más que su energía
vital y que han de trabajar para vivir. No es posible trabajo alguno sin
tierra, materiales, y herramientas o maquinarias; por eso los amos de estas
cosas son también los amos de los trabajadores desposeídos, y pueden vivir en
el ocio gracias al trabajo de ellos, pagándoles de lo producido salarios sólo
suficientes para mantenerles vivos, empleando sólo a tantos de ellos como les
sea lucrativo y dejando al resto a su destino.
Un mal como ese, una vez comprendido, no debe ser tolerado. No puede
el conocimiento ser monopolizado por largo tiempo, y el sentimiento social es
innato en la naturaleza humana, ambos se fomentan al interior de nuestra
sociedad conservadora como la levadura en la masa. Nuestra era está en vísperas
de una sublevación contra la propiedad, en nombre del clamor común de todos por
un reparto común de los resultados del trabajo en común de todos.
Por lo tanto, somos socialistas, incrédulos de la propiedad,
defensores de los iguales derechos de cada hombre y mujer a trabajar para la
comunidad como le parezca bien a él o ella — sin llamar a ninguna persona amo,
y defensores del igual derecho de cada cual a satisfacer sus necesidades
naturales como bien le parezca desde el suministro de riqueza social por el que
ha trabajado en producir. Buscamos esta socialización de la riqueza, no por
restricciones impuestas por una autoridad sobre la propiedad, sino por la
remoción, mediante la acción directa personal de las personas mismas, de las
restricciones que salvaguardan la propiedad contra los reclamos de justicia
popular. Puesto que autoridad y propiedad son ambos manifestaciones del espíritu
egoísta de dominación, nosotros no vamos a Satán para desterrar a Satán.
No tenemos fe alguna en los métodos legales reformistas. La ley fija
y arbitrariamente escrita es, y siempre ha sido, el instrumento utilizado por los
antisociales para asegurar su
autoridad, ya sea delegada o usurpada, cuando la mantención de esa autoridad
por vía de la violencia abierta se ha tornado peligrosa. El sentimiento social
y los hábitos sociales formados y corregidos por la experiencia común son el
real cohesionante de la vida asociada. Es la encarnación engañosa de una parte
de esta costumbre social en ley lo que ha hecho a la ley tolerable e incluso
sagrada a los ojos de las personas a las que para esclavizar existe. Pero en la
medida que la opresión de la ley se elimina, la real fuerza vinculante de la
influencia del sentimiento social sobre la responsabilidad individual se vuelve
aparente e incrementa. Buscamos la destrucción del monopolio, no mediante la
imposición de nuevas restricciones artificiales, sino mediante la abolición de
toda restricción arbitraria. Sin la ley, la propiedad sería imposible, y el
trabajo y el disfrute, serían libres.
Por lo tanto, somos anarquistas, incrédulos del gobierno del hombre
por el hombre en cualquier forma y bajo todo pretexto. La libertad humana hacia
la cual nuestra mirada se eleva no es ninguna abstracción negativa de una
licencia para el egoísmo individual, ya sea concentrada en el colectivo en la
forma del mandato de la mayoría, o aislada, en la forma de tiranía. Soñamos con
la libertad positiva que esencialmente es una con el sentimiento social; con el
libre alcance de los impulsos sociales, ahora distorsionados y comprimidos por
la propiedad y su guardián, la ley; soñamos con el libre alcance de aquel
sentido individual de responsabilidad, de respeto por sí mismo y por los demás,
que está viciado por toda forma de interferencia colectiva, desde la imposición
de contratos al ahorcamiento de criminales; soñamos con el libre alcance de la
espontaneidad y la individualidad de cada ser humano, aquella que es imposible
cuando una línea estricta y rígida se le impone a toda conducta. La ciencia le
está enseñando a la humanidad que dicho crimen, como es manufactura de nuestro
vil sistema económico y legal, puede solamente ser tratado tanto racional como
humanamente con el cuidado médico fraternal, pues resulta de la deformación y
la enfermedad, y que una regla de conducta rígida y estricta impuesta para
proporcionar castigo no es ni guía
ni remedio, es nada más que una fuente eterna de injusticia entre los seres
humanos.
Creemos que cada ser humano adulto y cuerdo posee un derecho igual e
irrevocable a dirigir su vida desde el interior a la luz de su propia
consciencia, con la sola responsabilidad de guiar su propia acción como también
formar sus propias opiniones. Además, creemos que el reconocimiento de este
derecho es una necesidad preliminar al acuerdo voluntario y racional, la única
base permanente para la vida armónica en común. Por lo tanto, rechazamos todo
método de imposición del consentimiento, pues es en sí mismo un obstáculo para
la cooperación efectiva, y además, un incentivo directo al sentimiento
antisocial. Despreciamos como un mal para la naturaleza humana, individual, y
por ende colectiva, todo uso de la fuerza con el propósito de obligar a los
demás; pero afirmamos el deber social de cada cual de defender, por la fuerza
si es necesario, su dignidad como ser humano libre, y la igual dignidad de los
demás, ante toda forma de insulto y opresión.
Reclamamos para uno y cada uno el derecho personal y la obligación
social de ser libre. Sostenemos el reconocimiento y aceptación social completa
de tal derecho como finalidad del progreso humano en el futuro, pues su
crecimiento ha sido la medida del desarrollo de la sociedad en el pasado, del
avance del ser humano desde el impulso social ciego del animal gregario al
sentimiento social consciente del ser humano libre.
Tal, a grandes rasgos, es el aspecto general del socialismo
anarquista que nuestro periódico intenta poner en marcha, y con la piedra de
toque de esta creencia nos proponemos evaluar las actuales ideas y modos de
acción de la sociedad existente.
[Freedom, Volumen 1, Número 1,
octubre de 1886]