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Emilio López Arango: La ficción unitaria (1923)

Transcripción: @rebeldealegre
Suplemento La Protesta, no. 68, 7 de mayo de 1923

 
Un poco por temor al calificativo de divisionistas, y otro poco porque han hecho un verdadero culto de la unidad del proletariado — unidad de clase, ya que ideológicamente las divisiones en grupos doctrinarios representa el aspecto más característico del movimiento social contemporáneo —, hay compañeros que creen factible llegar a descubrir una fórmula integral que concilie, en las organizaciones obreras, las diversas opiniones que provocan los actuales antagonismos. A nuestro modo de ver, se repite, al sentar ese criterio unitario, el viejo error neutralista que hizo posible la degeneración del sindicalismo revolucionario y dejó al movimiento obrero librado a la influencia de los peores elementos políticos.

Si lo que nos separa de los marxistas es la concepción general del problema social, tanto en la táctica como en la teoría revolucionarias, y si ese choque de opiniones debe producirse inevitablemente en el terreno de la lucha sindicalista, no es posible olvidar esa circunstancia en la apreciación del propio movimiento obrero. ¿O es que los anarquistas debemos aceptar la premisa de que el proletariado, por ser una clase económicamente bien determinada, representa moral e intelectualmente una unidad indisoluble y coherente en todas sus manifestaciones y realiza por lo mismo acciones revolucionarias bien definidas? Eso sería, a juicio nuestro, dar demasiada importancia al factor económico y subordinar a las influencias del medio — desarrollo del capitalismo, agitaciones provocadas por la desocupación, la carestía de la vida, etc.— , los problemas del espíritu y de la conciencia, que para los anarquistas constituyen el móvil de todos los avances progresivos de la humanidad.

La cuestión en que con más frecuencia chocamos con los compañeros europeos que militan en las organizaciones obreras, es la que se refiere a la táctica del sindicalismo en relación con la doctrina anarquista. Aceptando, como nosotros, que los sindicatos obreros pueden llenar una alta función revolucionaria si se orientan de modo que estén abiertamente frente al Estado y a los partidos estatistas, la mayoría de los camaradas de Europa tratan, sin embargo, de conciliar su ideología — que rechaza la concepción disciplinista y autoritaria del marxismo — con la unidad de clase que suponen debe ser la síntesis del proceso ideológico del proletariado.

Por supuesto que nosotros no aceptamos la división de actividades y de actitudes en diversos campos de influencia: creemos que si la lucha ideológica se mantiene en el terreno político es imposible pretender que exista conciliación en el terreno gremial en el que también chocamos con nuestros adversarios en ideas. Porque si el movimiento obrero, es algo más que un medio económico para la lucha económica, y el proletariado representa un rol más importante que el que supone esa lucha por la conquista del pan, debemos admitir que los mismos motivos de divergencia deben existir, para nosotros, en el sindicalismo y determinar una posición doctrinaria no concordante con el concepto de los marxistas.

Al movimiento obrero, si en realidad le concedemos valores revolucionarios, debemos llevar nuestras ideas sin temer a las desgarraduras que podamos producir con nuestros exclusivismos en ese pretendido organismo homogéneo de clase. ¿O es que debemos atenernos a esa supuesta unidad económica, buscando los puntos de contacto que puedan unirnos con nuestros adversarios en ideas y renunciando a los principios que más fundamentalmente nos separan?

Nos sugiere estas reflexiones el artículo del compañero Luis Fabbri “La organización obrera según el anarquismo”, publicado en el número 66 del Suplemento [pág. 8 del .pdf]. En términos generales, pueda decirse que el estudio del camarada Fabbri es una severa crítica a la teoría y a la táctica empleadas por los marxistas en las organizaciones obreras a fin de someter a su domino a los trabajadores organizados. Pero, dejándose llevar por la ficción unitaria — ese que nosotros llamamos el prejuicio de los sindicalistas revolucionarios — y hasta olvidándose de su propia crítica al marxismo, nuestro compañero pretende que es posible mantener una organización obrera revolucionaria independiente de toda ideología.

En la última parte de su artículo, el compañero Fabbri dice lo siguiente:

“… al menos, según mi parecer, en el campo de la organización obrera lo que sobre todo importa es la unidad: es decir, que la organización sea tal que todos los obreros (comprendidos, naturalmente, los anarquistas) pueden adherir a ella sin violentar su conciencia y sin sentirse incómodos. Por esto no debe hacer suyo ningún programa de partido ni ninguna especial ideología, debe ser autónoma e independiente de todos los agrupamientos y partidos exteriores, su orientación general lo mismo que sus métodos deben ser una resultante de los hechos que de las teorías o etiquetas exteriores y el producto del grado efectivo de conciencia alcanzado por las masas proletarias”.

No podemos explicarnos como se llegaría a realizar ese milagro integralista… Como nosotros no creemos que el proletariado sea una entidad moral homogénea, capaz de contener en sí mismo — por su condición de clase explotada — los valores ideológicos que enaltecen al hombre y lo colocan a un nivel superior, de ahí que rechacemos ese concepto de las organizaciones obreras al margen de los grupos políticos o doctrinarios.

Porque el movimiento proletario, además de un propósito económico interpreta un grado de cultura y de civilización, aceptamos esa división que imponen las ideas en el terreno sindical. Los sindicatos obreros deben representar los diversos matices de la ideología socialista: ser un medio de acción para cada uno de los grupos doctrinarios que desarrollan sus actividades en el seno de la clase trabajadora. Pero ¿es que realmente no existe un sindicalismo coordinante con la propaganda de cada fracción doctrinaria, ya sea respondiendo a la influencia de los socialistas o comunistas autoritarios, ya interpretando prácticamente el concepto puramente clasista del sindicalismo prescindente, o bien coordinante, en lo que le permiten las circunstancias, con la prédica libertaria de los anarquistas?

La realidad del movimiento obrero está en esa división en medios o radios de influencias. En el conjunto sindical — en el medio impreciso que conocemos como proletariado — se agitan las ideas más contradictorias e irreconciliables, y el choque es permanente en las agrupaciones obreras que no llegaron a una síntesis ideológica para precisar su conducta, o, en el peor de los casos, a darse una norma de disciplina que impida la acción disolvente de los descontentos.

Contrariamente a lo que opina el compañero Fabbri, nosotros sostenemos que es necesario llevar a las organizaciones la beligerancia de doctrinas y todos los elementos ideológicos que puedan ser motivo de desintegración de esos organismos mastodónticos incapacitados para llevar a cabo un movimiento contra la voluntad de los jefes y la conveniencia de los partidos que, oficial o extraoficialmente, los dirigen. Y si ese choque de opiniones es, además de inevitable, absolutamente conveniente, ¿en razón de qué principios de dinámica social de interés inmediato hemos de velar por la unidad de clase del proletariado? Esa unidad no existe realmente ni aún mirada desde el punto de vista económico. En consecuencia, lo que nos interesa a los anarquistas, es desarrollar una organización concordante con nuestra ideología en el movimiento obrero, para así llegar al sindicalismo libertario; a la teoría anarquista aplicada a la táctica del sindicalismo y encuadrada en un movimiento de liberación realizado por los trabajadores en el terreno de la lucha económica.

La verdadera conciliación debemos buscarla entre la doctrina anarquista y el movimiento obrero susceptible de transformarse en un movimiento ampliamente emancipador y libertario.

Shawn P. Wilbur: La "autoridad del zapatero". Bakunin y Proudhon / Autoridad y anarquía (2016)


Dos textos que comentan el tema del antiautoritarismo y la famosa referencia de Bakunin a "la autoridad del zapatero" en Dios y el Estado. Desde el blog de Shawn P. Wilbur, Contr'un: Anarchist Theory. Las traducciones de los comentarios de Wilbur son de @rebeldealegre, los textos citados son de las versiones que se encuentran en la Biblioteca Anarquista.


DESCÁRGALO AQUÍ

Errico Malatesta: El Primero de Mayo (1893)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

Publicado originalmente en The Commonweal (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Revisa dos textos breves donde Davide Turcato hace referencia a este texto:
 
Del Capítulo 5: «Epílogo: La continuidad del anarquismo» 
Del Capítulo 6: «Epílogo: La corriente de la historia»


Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.

Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.

¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.

Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.

Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!

La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.

Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.

Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.

Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.

Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.

Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.

Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como "practicables" y "posibles" y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.

Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.

En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.

Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.

Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.

Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.

Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.

Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.

Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las "8 horas" y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.

Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!

Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!

No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.

Emilio López Arango: Estado y capitalismo (1922)

 Transcripción: @rebeldealegre

Publicado originalmente en el suplemento La Protesta, no. 43, 13 de noviembre de 1922

 
La burguesía defiende sus libertades: libertad de comercio, de especulación, de latrocinio legal ¿Es que la burguesía, hasta ahora dueña del poder, monopolizadora de la riqueza social, no goza de suficientes prerrogativas en los Estados modernos? En general, la burguesía, como clase bien alimentada, está en condiciones superiores al proletariado. Pero vive una vida azarosa bajo el peso de todo un mundo desequilibrado, presa de la angustia que provoca la caída irremediable de las instituciones que garanten la integridad de su estómago... Además, ya hay una burguesía famélica, que se alimenta de las sobras de los grandes plutócratas y para quien el Estado, democrático y liberal, no ofrece el medio eficaz para mantener el rango en la escala social: las distancias que hasta ahora la separaban de la plebe y evitaban el contacto con la chusma.

Se ha dicho que, gracias a los remiendos pegados por el socialismo a las decrépitas instituciones de la burguesía, por obra y gracia de la democracia y el liberalismo, han llegado a confundirse las clases. Y esto es verdad hasta cierto punto. En los países más desarrollados industrialmente, por obra y gracia de una democracia industrial, comercial y financiera que entrega en manos de unos pocos todos los medios de producción, distribución y consumo, la pequeña burguesía sufre un paulatino despojo y se confunde con el proletariado. Pero esa "integración" de clases no es obra de la democracia ni responde a un principio doctrinario — no es tampoco la consecuencia de esa pretendida evolución de la humanidad hacia el socialismo de Estado —, sino que es el efecto obligado del proceso del capitalismo. La plutocracia, nueva casta que afirma su superioridad en enormes pedestales de oro, resucita todo el viejo sistema imperialista y condena a la servidumbre al resto de la humanidad.

Tomada en su conjunto, la burguesía no es hoy una clase homogénea, con iguales intereses y con idénticos derechos. Sigue siendo la clase que provee al Estado de directores y funcionarios; la incubadora de legistas, jueces y verdugos; la clase de los lacayos y los servidores del omnipotente amo del mundo. Pero cada día se evidencia más su condición inferior frente a esa casta que surge alegando su potencia financiera, el valor de su oro, los imperativos de sus formidables tentáculos.

Es necesario, pues, establecer una diferencia entre burguesía y capitalismo. La clase burguesa es la dueña del Estado, tiene en sus manos el poder político. Dividida en partidos, en el poder unos y en la oposición otros, llamándose liberales o conservadores, rojos o blancos, con pujos aristocráticos o veleidades plebeyas, la clase burguesa sigue representando la parodia de la democracia y gobernando en nombre del pueblo de acuerdo con los intereses de la minoría que posee el poder económico: los magnates de la industria y los reyes de la áurea plutocracia. Pero, si bien esa burocracia y esa burguesía que mata su hambre al calor de los grandes señores, pueden estar conformes con el reinado de las dinastías plutocráticas, puesto que obtienen favores y recompensas, son jefes de gobierno, ministros, jueces y capitanes de "corchetes", ¿no se evidencia, precisamente, el servilismo en que ha caído la vieja burguesía, muy orgullosa de su origen revolucionario y no menos celosa de sus libertades...?

El socialismo, que pretendió solucionar el problema capitalista — ese problema que Marx definió como un proceso de centralización industrial y comercial que entregaría todas las fuentes de riqueza en manos de unos pocos privilegiados — acudió en defensa de la burguesía empobrecida y despojada, porque en las instituciones burguesas encontraron sus teóricos y sus políticos los elementos básicos para realizar el programa económico-político de Marx: el capitalismo de Estado. Es el espíritu liberal de la burguesía el que inspira en sus luchas parlamentarias a los marxistas de hoy. Y es la burguesía, que aspira a la plena posesión del poder, que quiere integrar en el Estado la potencia del capital y del trabajo que tratan por todos los medios de eludir su control, la que comprende al fin que su salvación está en el socialismo autoritario.

Contra el colectivismo burgués, no porque se llame proletario y alegue reivindicaciones que significan la expropiación completa de los actuales amos, está la gran burguesía industrial y financiera: los grandes latifundistas, los dueños de los trusts manufactureros, los banqueros y los agiotistas en gran escala. Los plutócratas, que tienen en sus manos las fuentes de producción y el poder financiero de las naciones, quieren volver al régimen del individualismo aristocrático y del feudalismo económico. Ellos no entienden el Estado sino como un ente jurídico, que administra "justicia" y dirime los pleitos entre los ciudadanos y asegura con sus elementos de fuerza los privilegios de las clases elegidas... De ahí la lucha, cada vez más definida, que mantiene la burguesía democrática y el capitalismo todopoderoso, brutal en su formidable potencia económica.

De hecho se van perfilando diferencias más o menos lógicas, entre teoría del Estado burgués, que se basa en un principio de acumulación de poderes y de facultades creadoras, y el concepto individualista del capitalismo. Se explica, pues, que mientras los partidos burgueses — aleccionados por los marxistas — tratan de encontrar el equilibrio social haciendo pequeñas concesiones al proletariado; mientras el Estado burgués procura intervenir en las instituciones privadas para establecer normas generales de conducta entre patrones y obreros; mientras la tendencia estatista se abre camino y gobiernos centrales y comunales aspiran a monopolizar industrias de beneficio común y servicios públicos, como las empresas de aguas, de luz, de ferrocarriles, tranvías, teléfonos, etc., los voceros de la plutocracia claman contra esas medidas que llaman contrarias a la libertad de comercio, de trabajo y de explotación.

No se trata, como pudiera creerse, de un grito desesperado de esa minoría de privilegiados que hoy tiene en sus manos el monopolio comercial e industrial del mundo. El capitalismo pone en juego toda su potencia económica para salir victorioso en esa lucha de vida o muerte. Y su triunfo es ya indiscutible. Al margen o por encima de los gobiernos, los representantes de la gran industria y de la banca han emprendido la tarea de reconstruir al mundo de acuerdo con sus planes absolutistas y reaccionarios. ¿No habéis leído en la prensa burguesa, las declaraciones hechas por esos hombres de negocios en torno a la llamada reconstrucción de Rusia? Para la plutocracia poco importa que un país se gobierne por el método monárquico, republicano o bolchevique; basta que el Estado sea una garantía para las industrias y el comercio y que el gobierno esté por entero a disposición de las grandes empresas capitalistas y les asegure su libertad de explotar al proletariado y especular con la miseria de todo el pueblo.

La reacción de ese capitalismo antidemocrático se ha producido ya en Europa. Italia, país burgués y demócrata por excelencia — nación donde se estaba realizando el programa mínimo del socialismo — nos da el ejemplo de una "revolución" calificadamente antisocial, que sale por los fueros del individualismo capitalista cuyos exponentes son la libertad de comercio, el libre monopolio y la explotación sin tasa y sin freno jurídico. Y es, precisamente, contra esa concepción jurídica de la democracia, contra la autoridad suprema del Estado-juez, del Estado-árbitro y del Estado-pueblo, que se levantó el fascismo, movimiento que carece de definición ideológica pero que encarna los intereses del capitalismo italiano, de una minoría de enriquecidos que siguieron en la paz sembrando odios y alimentando las bajas pasiones de los que aprendieron en la guerra el arte de matar.

El fascismo, como movimiento de reacción brutal, es un fenómeno psíquico. Pero no hay que olvidar que las hordas fueron alimentados y pertrechados por los enriquecidos en negocios bélicos y que sus jefes son simples lacayos al servicio del omnipotente capitalismo.

Poco después de asumir el poder el jefe de las hordas fascistas, decía un telegrama de Roma que el Sr. Mussolini creía "que puede obtenerse para Italia una gran fuente de recursos, dentro de un breve plazo, mediante la supresión de todos los parásitos burocráticos generados por el socialismo de Estado, como producto de gabinetes subordinados que deseaban transformar al país entero en una masa de empleados civiles, a fin de utilizarlos como una poderosa máquina electoral. Tiene el propósito, el jefe fascista, de suprimir todos los monopolios del Estado y subvenciones a empresas navieras, y entregará los ferrocarriles, teléfonos, manufacturas de tabacos, correos, telégrafos, encomiendas postales, etc., a empresas privadas. Todos estos servicios púbicos representan ahora una pérdida de muchos millones al año, mientras que hace 25 años constituían el eje de las finanzas del Estado. Al reabrir el Parlamento el Sr. Mussolini solicitará, y sin duda le serán conferidas, amplias facultades para que el Gobierno disponga la organización burocrática como lo considere más adecuado".

¿No está claramente especificada esa tendencia individualista de la burguesía industrial, del capitalismo todopoderoso? La lucha entre la plutocracia y la burguesía se entablará en Europa con caracteres más definidos. Pero de hecho se puede establecer un concepto teórico respecto a esa lucha entre el Estado político y el Estado económico: entre la democracia burguesa y el capitalismo individualista, como también calcular las consecuencias que han de derivarse forzosamente de ese encuentro en que el proletario es poco menos que un mero espectador. Y eso a pesar de ser el socialismo el elemento básico de toda la defensa de la burguesía democrática.