Errico Malatesta: «Nuestro propósito: La unión entre comunistas y colectivistas» (1889)



Traducción al castellano: @rebeldealegre
 
Título original: “I nostri propositi. I. L’Unione tra comunisti e collettivisti”, L’Associazione (Londres) 1, no. 4 (30 de noviembre de 1889). La controversia sobre comunismo versus colectivismo como mejor forma de sociedad anarquista futura había dividido al movimiento anarquista por años, especialmente en España. El siguiente, es un artículo fundacional en la solución pluralista que Malatesta postula y en la introducción de la idea del anarquismo, ya no como plan modelo de sociedad futura, sino como un método de libertad que asegure para esa sociedad “la vía abierta a todo progreso y a toda mejora para el beneficio de todos”.
Puedes leer esto en más detalle en «Haciendo sentido del anarquismo»:
Del Capítulo 4:
Pluralismo anarquista
El anarquismo como método
Del Capítulo 9:
Una sociedad socialista abierta

 
 
Unos amigos nuestros han comentado sobre la propuesta que hemos hecho, y que ha sido en general bien recibida, que se forme un partido que abarque a todos los socialistas anarquistas revolucionarios, independiente del asunto del criterio económico que las distintas facciones defiendan para la sociedad del futuro.(1) Tales comentarios muestran, por un lado, cierto grado de repugnancia de parte de algunos comunistas ante la idea de unirse con los colectivistas, y, por otro, un temor a que estemos por revivir una organización como aquellas de antaño que colapsaron por ser un desgaste de fuerzas y por ya no ser adecuadas para el presente.

Permítannos explicarnos brevemente respecto a los dos aspectos de este asunto; prometemos revisar el tema, si fuese necesario.

Como nosotros lo vemos, la coexistencia dentro de un partido de anarquistas-comunistas y anarquistas-colectivistas es la consecuencia lógica y necesaria de la idea y el método anarquista. No hubiesen surgido nunca dudas al respecto de no ser por el surgimiento de cierta rama de “colectivistas” que no son ni anarquistas ni revolucionarios y que a todo efecto aseguran que el socialismo se reduzca a nada más que la inútil y corruptora lucha por ganar asientos en los cuerpos representativos; en Italia y en Francia donde la amplia mayoría de los anarquistas son comunistas, se han asegurado de que el significado que todos nosotros en Italia asignamos a la palabra “colectivismo” antes de 1876 y al cual la mayoría de los anarquistas españoles aún suscribe, haya sido olvidado.(2)

Apenas podríamos entendernos con el tipo de colectivistas que hoy están por acomodarse entre los legisladores y promover reformas políticas y legislaciones supuestamente sociales dentro de los parámetros de la ley y quienes, venida la revolución, estarían por establecer un “estado obrero”. Si, por otra parte y como un amigo nuestro asume, el colectivismo significa la división igualitaria entre las personas de toda la riqueza de la sociedad, incluido el dinero, de modo que cada una pueda luego seguir comprando y vendiendo como lo hacen hoy, sería eso un absurdo tal, que, asumiendo que pudiésemos hallar alguno, tendría sólo unos pocos y superficiales defensores, quienes ciertamente no representarían ningún beneficio o esperanza para la revolución y sería una pérdida de nuestro tiempo ocuparnos demasiado de ellos.

Pero lo cierto es que el antiguo colectivismo de la Internacional previa a 1876 no está muerto y en toda apariencia no morirá hasta que las prácticas de la vida libre la hayan comprobado errada definitivamente y la evolución que seguirá a la caída de la dominación burguesa hayan inducido a todos a abrazar un modo superior de coexistencia social, fundado por completo en el sentimiento de solidaridad y el mayor beneficio común. Dicho colectivismo es aún suscrito, como hemos señalado, por la amplia mayoría de los españoles y, aunque ha sido tumbado por la lógica del comunismo, se mantiene firme en su posición y mientras existen, por un lado, muchos desertores del campo comunista, por el otro sigue teniendo nuevos simpatizantes, y no sólo en España.

Aquel colectivismo — al que nosotros mismos suscribíamos en los días de la propaganda de Bakunin y hasta 1876 — significa (le recordamos a quien lo haya olvidado) la expropiación violenta efectuada directamente por el pueblo; la captura hacia la propiedad común de todo lo que haya, y luego, alcanzado por medio de la anarquía, que quiere decir, la evolución espontánea, el arreglo de una sociedad en la que toda persona, teniendo acceso desde el nacimiento a todos los medios de desarrollo que la civilización tiene para ofrecer y tras recibir una educación física e intelectual comprehensiva, integral, se le garantizan las materias primas e instrumentos de trabajo necesarios para poder trabajar libremente con los compañeros que escoja y disfrutar el producto total de su obrar.

Nosotros los comunistas no aceptamos este programa y en los próximos números expondremos nuestras razones con tanta amplitud como podamos puesto que, mientras queremos traer la unidad donde haya división, no obstante queremos publicitar nuestras ideas sin diluir; pero esa no es razón para que ignoremos la gran afinidad que existe entre nosotros y los anarquistas-colectivistas y para que pensemos que estamos separados por un abismo cuando hay mil lazos que nos unen y nos hermanan.

Veamos cuáles son las diferencias y las similitudes.

Ambos rechazamos vigorosamente toda alianza con los partidos burgueses, todo parentesco con elecciones y otras palabrerías legalitarias. Ambos estamos por hacer la revolución y buscamos hacerla incitando al pueblo a la aversión y la insurrección contra el estado y contra la propiedad. Ambos buscamos la expropiación por la violencia y la captura hacia la propiedad común no solamente de las materias primas y de aquellos instrumentos de trabajo no empleados por el propietario, sino también de los suministros de productos existentes y la destrucción de todos los registros y de todo accesorio material de la propiedad privada. Ambos rechazamos la intrusión de todo tipo de cuerpo constituyente, o de todo cuerpo delegado y estamos resueltos a recurrir a la fuerza y, si es necesario, a medidas más extremas para asegurar que ningún nuevo gobierno, por muy disfrazado que sea, brote de la revolución. Para la organización de la nueva sociedad, ambos miramos hacia el empleo de los recursos innatos de la humanidad, a la libre reconciliación de los intereses y sentimientos de todos. Ambos queremos que todos sean libres de hacer como mejor piensen, siempre solamente que permitan la misma libertad a los demás.

Nuestras diferencias por ende residen no en lo que queremos hacer ahora y en el día de la revolución, no en lo que queremos y estamos destinados a hacer por la fuerza y que propiamente constituye el programa de un partido revolucionario; sino que, en vez, en lo que anticipamos que debiese ocurrir después, en lo que respecta a la manera en que debiésemos preferir producir y consumir y en los fines hacia los cuales pensamos que la nueva fase de la civilización, al umbral de la cual estamos, debiesen conducirnos.

¿Pero son tales diferencias, estando fundadas principalmente en opiniones y predicciones teóricas, bases suficientes como para separarnos y para ladrarnos unos con otros, en la víspera misma tal vez de la insurrección y cuando estamos hablando de personas que luchan y seguirán luchando a la par contra los mismos enemigos y por las mismas demandas?

¿Y desde el punto de vista de la propaganda comunista también, es correcto alejar a quienes están mejor dispuestos que nadie a abrazar nuestras ideas, ya que comparten nuestros entusiasmos, nuestro sentir y, en gran medida, las mismas creencias científicas que nosotros?

Es nuestro parecer que el criterio colectivista no sobrevivirá a las nociones de justicia y solidaridad que motivan, no sólo a nosotros, sino a los colectivistas mismos; nosotros creemos que éste no podría operarse más que por medio de una complicada maquinaria que sería una reproducción del estado bajo otro nombre; creemos que, tarde o temprano, pero inevitablemente, se tornaría hacia el comunismo o se recaería en el burguesismo. Pero, dado que una vuelta al privilegio y la esclavitud asalariada sería una imposibilidad moral debido a la revolución moral que por necesidad acompañaría a la revolución económica, y específicamente debido a la anarquía, que equivale a decir la ausencia de gobierno, lo que está más allá de dudas para ambos, nos parece que nada tenemos que temer a la experimentación, que en ningún caso podríamos prevenir y que, es necesario decirlo, podría en ciertas circunstancias y en ciertos países, ayudarnos a superar problemas iniciales.

Si anarquía significa evolución espontánea, si ser anarquistas significa creer que nadie es infalible y sostener que sólo mediante la libertad descubrirá la humanidad la solución a los problemas que la afligen y llegará a una armonía y bienestar general, ¿con qué derecho y por qué razón podríamos tornar las soluciones que preferimos y defendemos en dogmas e imponerlas? Y luego, ¿usando qué medios?

Si fuésemos un partido autoritario, vale decir, si estuviésemos por convertirnos en gobierno, eso sería concebible. Tras tomar el poder por medio de la revolución, podríamos introducir el comunismo por decreto y, si fuésemos lo suficientemente fuertes para ello, habría comunismo, aunque ya no sería una sociedad armoniosa de libres e iguales, sino una nueva forma de esclavitud, que, para poder sobrevivir, requeriría de un ejército, de una fuerza policial, y de toda la maquinaria que el estado tiene a su disposición con el fin de corromper, reprimir, y esclavizar.

Siendo anarquistas, no tendremos ningún medio de asegurar el éxito de las soluciones que proponemos más que la propaganda y el ejemplo, seguros en saber que realmente vencerán si realmente son las mejores.

Así que no busquemos enemigos donde no hay más que amigos y no dividamos las fuerzas de la revolución, que tendrán la ardiente necesidad del apoyo de todos los anarquistas sinceros en poner obstáculos en el camino de los embaucadores y reaccionarios y en asegurar que el socialismo triunfe.

Se puede tener la más amplia diversidad de ideales cuando se trata de rehacer la sociedad, pero el método siempre será el que determine el fin que se alcance, pues es de conocimiento común que en la sociología como en la topografía, uno no va donde uno quiere, sino donde sea que el camino en el que uno esté conduzca.

Para la formación de un partido, es necesario y suficiente que haya un método compartido. Y el método, vale decir, la conducta práctica a la que los socialistas anarquistas pretenden atenerse, es compartido por todos, comunistas y colectivistas por igual.

Que los autoritarios, los electoralistas, y a menudo los republicanos sean o quieran denominarse colectivistas, es asunto sin importancia para nosotros y no debiese engendrar ni confusión ni híbridas alianzas al interior de nuestras filas, puesto que no estamos diciendo que nos estamos uniendo con meros colectivistas, sino que hacemos condición previa esencial que sean anarquistas y revolucionarios además.

Nos parece que el programa que hemos propuesto excluye absolutamente a todo politiquero, sea éste burgués o socialista. Si entre nuestros amigos hay quien esto le parezca inadecuado, que sugiera las correcciones o adiciones que crea adecuadas. Hemos de publicarlas y debatirlas y luego será cosa de cada quién juzgar y actuar de acuerdo a sus convicciones.





NOTAS

(1) La propuesta a la que se refiere Malatesta se encontraba en la circular Apello, publicada en italiano en Niza en septiembre de 1889 y traducida al castellano por los periódicos anarquistas de Barcelona La Revolución Social del 29 de septiembre y El Productor del 2 de octubre.
 
(2) 1876 fue el año en que los internacionalistas italianos, incluyendo a Malatesta, afirmaron la insuficiencia del colectivismo y se declararon en favor del comunismo, poniendo así la controversia en marcha.