Manuel Rojas: Teodoro Antillí y su libro póstumo (1924)


¡Salud a la anarquía! – Páginas de un militante. – Editorial “La Antorcha”. 1924.
Buscando en los baúles de los revolucionarios, en las colecciones de periódicos anarquistas y en los recuerdos de su propia vida – tan paralela a la de su hermano – Rodolfo González Pacheco ha reunido las páginas escritas por Antillí y las ha publicado en un volumen bajo el título de: “Salud a la Anarquía!” Digno del libro es el título y dignos ambos del que escribió esas páginas, ya que su vida entera no fue sino una constante labor de elevación anarquista. En la propaganda revolucionaria de la Argentina, la figura de Teodoro Antillí se destaca con un relieve inconfundible: fue el que todo lo comprendió y todo lo amó. Inteligente, con esa inteligencia fina y robusta de artista y de hombre activo, su obra fue más allá de la vulgaridad económica del ideal. El descubrió muchas facetas nuevas del pensamiento anárquico, porque, más que todo, Antillí era un ardiente poeta de las sensaciones que el ideal anarquista despierta en las almas: alegría, fraternidad, amor, armonía, sentimientos éstos que en sus páginas desbordan generosamente. La Anarquía fue para él, más que un sistema económico-filosófico, un evangelio de amor, una exaltación de la personalidad moral de hombre. Por eso en sus páginas hay tan pocas palabras de odio, ningún cuadro estadístico de lo que gana el obrero y de lo que le roba el patrón, y, en cambio, tantas frases de amor, tantas protestas por los crímenes ajenos y tanta piedad por el dolor de los demás. ¡Ah, enamorado! Enamorado de su ideal como de una mujer a quien no se poseerá nunca, pero a la cual se ama por sobre la vida y la muerte, por encima del minuto que pasa y de la eternidad que viene, tal pasó por la vida ese hombre puro. Está más cerca de Reclús, el suave, que de Bakounin, el fiero; y es un perfecto hermano espiritual de Rafael Barret. “Lo confieso sinceramente: soy tierra blanda; mil raíces hebrosas, y otras que no lo son, tengo metidas en los poros. Y yo crío todas las flores. No crío más porque no puedo más. Así soy fuerte y afirmativamente anarquista, y, con la gran alegría de no ser estéril peñascal, soy huerto florido... Mi fuerza es mi sonrisa, la lágrima que no detengo, mi radiosa sensibilidad, amar con fuerza mi ideal, derramar a torrentes la energía oculta que en mí existe acumulada... ¡Mi fuerza es la de la tierra, no la de las peñas! La misma lágrima tiene en mí una raíz viril y engendra la rebeldía.” Tal era Teodoro Antillí, según sus propias palabras. Y un sentimental, un sentimental en el sentido más viril de la palabra. Un comprensivo, no un encerrado en su torre moral, que descendía con sus palabras cariñosas a los corazones obreros y les hablaba como Francisco de Asís debió hablar a los pájaros. Y todo esto, y más, sin perder su enérgica finalidad revolucionaria, sin caer en la mojigatería, fuerte y afirmativamente anarquista.

Del libro en sí, ¿qué podríamos decir? Está él fuera de la crítica literaria pura y seria en vano buscar una norma para juzgarlo. Un libro así se aprecia por su valor humano, no por lo que en él haya de belleza fugitiva. Y estas palabras nuestras no son ni deben ser tomadas como excusa de una pobreza literaria que en el libro pudiera haber. No. Rodolfo González Pacheco lo explica mejor: “Al revés de casi todos los escritores de América que corren tras la belleza como perros tras mariposas, Antillí se despreocupó de ésta, por convencional y externa, atento a otra más grande y más humana: la que fluye de la idea de la justicia, la substancial belleza libertaria. Sin embargo, era un artista. Buscándose el corazón, daba fácil con la vena de lo gentil y lo fiel. Y era un bonito espectáculo el verle llegar a veces, trayendo en sus puños ásperos, agrietados, de peón de chacra, frescos capullos, prosas fragantes y finas: verdaderos poemas.”

Tal vez se creerá que en mi artículo hay un poco de pasión fraternal por este libro de Teodoro Antillí. Pero no. No es pasión. Es amor. Y sin embargo, nunca lo conocí, nunca tuve el noble placer de estrechar su mano. Ahora que ha muerto, ya no podrá ser. Pero amé su nombre y su labor de anarquista, y recuerdo ahora con cariño la influencia que en mis dieciséis años ejerció el ejemplo de su vida y la sana fuerza moral de sus artículos. ¡Teodoro Antillí! Al pronunciar este nombre se me viene a la boca toda la dulzura de mi juventud ideal. Deseaba ser como él, escribir como él, ir preso como él, riéndome de los jueces y los verdugos, y desde la cárcel escribir esos artículos tan llenos de una energía combativa que en él persistió hasta la muerte. Mis primeros artículos en los periódicos anarquistas llevaban su influencia. Pero por esa senda llegué hasta ahí. La vida no es igual para todos y rara vez el discípulo es tan perfecto como el maestro. ¡Teodoro Antillí, camarada muerto, hermano ido, hombre puro, salud!
(continúa con fragmentos de su libro aquí)