Errico Malatesta: Libertad y Fatalismo, Determinismo y Voluntad (1913)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

Un texto incluido en nuestro proyecto paralelo de traducción en curso de «The Method of Freedom: An Errico Malatesta Reader» [El Método de la Libertad: Una Antología de Errico Malatesta] (artículo no. 49), aparecido en Man! (San Francisco) 3, no. 2 (febrero de 1935), traducido al inglés por Eli J. Boche y originalmente publicado como “Libertà e fatalità: Determinismo e volontà,” en Volontà (Ancona) 1, no. 24 (22 de noviembre de 1913). 


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Decimos que una revolución es necesaria, que queremos una, y que estamos dedicando nuestras energías a despertar y unir las voluntades con intención de este fin.

Pero una objeción fundamental se nos opone. “La revolución,” se nos dice, “no se hace por capricho del hombre; viene (si es que viene) sólo cuando es el momento propicio para ello. La historia no se mueve por casualidad sino que se desarrolla de acuerdo a leyes naturales que son inmutables, irresistibles, y contra las cuales la voluntad del hombre nada puede hacer.”

En la práctica, al menos en la mayoría de los casos, esta objeción supone nada más que una polémica, o un recurso político. Sólo porque una cosa no se desea se afirma que es imposible; el poder de la voluntad es negado cuando se hace el llamado a hacer un esfuerzo en una dirección no conveniente; y, (ya que hoy casi todos los que se saben el alfabeto presumen de científicos y filósofos) el deseo mismo es racionalizado y se invoca a la ciencia y la filosofía para hacer de mediadoras a favor de las argucias de individuos y partidos. Por otra parte cuando una cosa es interesante y agradable, se olvidan todas las teorías, se hace el esfuerzo necesario y, si se necesita la concurrencia de otros, se apela a su disposición y se exalta el poder de la voluntad en vez de negarlo.

A pesar de esto, no obstante, es cierto que toda persona pensante, siente la necesidad de poner su conducta en armonía con sus convicciones intelectuales, y, cuando actúa, gusta de tomar en cuenta la eficacia y la cualidad de sus actos. Toda persona que piense y observe y que aprende los innumerables hechos de la naturaleza y de la historia, siente la necesidad de organizar sus impresiones adquiridas en un sistema, y de encontrar algún principio general que las unifique y las explique.

De esta necesidad de comprensión y de adaptación mental, se han originado los sistemas tanto teológicos como naturalistas de filosofía. De esta necesidad nacen las preguntas y discusiones respecto al problema de la voluntad, es decir, del poder del ser humano (o de todo ser consciente) de influir en el curso de los eventos. Este es el problema fundamental de toda filosofía — ha fatigado, y sigue fatigando, a pensadores de todas las escuelas.

Este hecho no hubiese sido más que ventajoso para el desarrollo intelectual del ser humano y para la mejor utilización de las fuerzas humanas, si no hubiese ocurrido que, con mucha frecuencia, y por una ilusión mental común, aquello que es simple producto de la imaginación fue confundido con hechos certificados con los que se intentó unificar y explicar hechos conocidos. Aún peor, cuando simples palabras sin significado preciso y definido se tomaron por cosas reales.

Así fueron inventados Dios y el Alma Inmortal; así fueron inventados la Materia, la Fuerza, la Energía (todas con mayúscula) y todos los demás conceptos mentales diseñados para explicar por las palabras, el universo no comprendido.

Pero sobre todas estas entidades, que es bueno tratar con prudente y sonriente escepticismo, hay un principio superior que parece realmente inexpugnable — o al menos uno tal que la mente humana no puede concebir su negación; ese es el principio de la Causalidad que, por sí solo constituye la filosofía denominada Determinismo. Nada se crea a sí y nada se destruye a sí; no hay efecto sin causa suficiente; no hay causa sin su proporcionado efecto.

Muy bien. Si, para la mente humana, esta parece ser una verdad necesaria y absoluta luego el razonamiento lógico es también una necesidad de la mente, y es cierto también que toda premisa conduce a su obvia conclusión. Ahora, la conclusión lógica del principio de causalidad, comprendido como principio universal e inevitable, es que, comenzando en la eternidad, todo es una concatenación necesaria de eventos que no podrían ser más que determinados, y que por ende, el ser humano no es más que un autómata consciente, la voluntad es una ilusión, y la libertad no existe y es imposible.

Es un hecho que, razonando en abstracto, muchos llegan por voluntad propia hasta las últimas consecuencias y dicen, con Laplace, que, si una persona pudiese conocer todas las fuerzas existentes en el universo en un momento dado, con todos sus puntos de aplicación, sus intensidades y direcciones, podría calcular todo lo que ha ocurrido, y todo lo que ocurrirá, en cualquier momento de la eternidad y en cualquier punto del espacio infinito — todo desde una estrella en su órbita al verso de un poeta, desde un terremoto a un artículo de periódico.

Este es, en su más consecuente expresión, el sistema filosófico que comúnmente se denomina Determinismo, y que, comenzando de los conceptos de Naturaleza y Necesidad, y siguiendo un método racional y científico, arriba a las mismas conclusiones a las que arribaron los antiguos con su Destino y los teólogos con su Predestinación.

Hay también quienes buscan restringir y atenuar el significado del sistema y eludir sus consecuencias, intentando conciliar la idea de necesidad con la de libertad. Pero éstos son, como lo vemos, intentos vanos e ilógicos pues, una “necesidad” que no siempre es necesaria, que admite restricciones y excepciones, ya no puede denominarse por ese nombre.

El Determinismo responde admirablemente a ciertas necesidades del intelecto y es un guía seguro en el estudio del mundo físico-químico. Pero indudablemente paraliza y niega la voluntad y vuelve inútil y risible todo esfuerzo dirigido hacia tal fin.

Sin embargo, mientras toda persona más o menos piensa y actúa en base a la lógica determinista, no hay quienes realmente traduzcan su filosofía a la vida — o en todo caso, no conocemos a ninguna. Esto no es extraño pues, si hubiese alguien así deberá hallar inútil dar a conocer o propagar sus ideas (ni siquiera las payasadas cerebrales de cada cual), convencida, como debiese estarlo, de que lo que deba ocurrir ocurrirá fatalistamente en el momento determinado, y que nada puede posiblemente prevenirlo, ni retardarlo, ni apurarlo.

Obviamente los deterministas — que son, en general, estudiosos, activos y deseosos del progreso, y que se han vuelto deterministas no sólo mediante el razonamiento sino también mediante la reacción contra los prejuicios, las imposiciones, y el oscurantismo de las religiones — naufragan en una contradicción continua. Niegan la libre voluntad y, por ende, la responsabilidad, y luego se indignan contra el juez que castiga al que no es responsable. ¡Como si el juez no fuese también determinado y por lo tanto también irresponsable! Dicen que todas las cosas que ocurren (los fenómenos naturales, la historia humana, los actos, las pasiones, y los pensamientos individuales) lo hacen en ininterrumpida y necesaria secuencia de causa y efecto, reductibles a hechos físico-químicos que están sujetos a leyes mecánicas. ¡Y luego le asignan gran importancia a la educación y la propaganda! Son los apóstoles de la caridad, la tolerancia, y la libertad. Como si el mal, la intolerancia, y la tiranía no fuesen, ya que existen, ¡cosas necesarias que las leyes mecánicas debiesen explicar! Con frecuencia son revolucionarios, esforzándose y sacrificándose por algo que, de acuerdo a su sistema, ocurrirá y debe necesariamente ocurrir por sí solo, cuando llegue el momento.

Es cierto que se podría responder que el determinista que se contradice así está también determinado y no puede sino contradecirse, tal como no podemos nosotros hacer más que señalar la contradicción. — Pero, entonces, uno puede también decir que hacer es igual que no hacer y que todo este razonar y luchar no es más que una ópera cómica, cansadora o divertida, pero — también necesaria. ¿Cómo escaparemos de estas dificultades?

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Al libre albedrío absoluto de los espiritualistas lo contradice los hechos y es repugnante al intelecto. La negación de la Voluntad y la Libertad por parte de los mecanicistas es repugnante a nuestro sentir. Intelecto y sentimiento son partes constituyentes de nuestros egos y no sabemos cómo someter el uno al otro.

Podremos no saber cómo negar el principio de causalidad pero tampoco podemos vernos a nosotros mismos como autómatas. Y tampoco, si buscamos y deseamos la explicación de las cosas, negamos su existencia simplemente porque no logramos explicarlas. ¡Pues hay muchas más cosas en el universo que en todos los sistemas de filosofía! La ciencia y la filosofía no son sino intentos, aún infinitamente imperfectos, de explicar el universo. Y mientras la ciencia busca y la filosofía silogiza, debemos vivir — vivir como personas que obtendrán de la vida el máximo de satisfacción posible.

¿Qué es la Voluntad en esencia? No lo sabemos. ¿Pero sabemos, en esencia, qué son la Materia y la Energía? La voluntad eficaz debe ser el poder de introducir en una cadena de eventos, factores nuevos que ni son necesarios ni pre-existentes — debe ser, de hecho, el poder de producir y efectuar sin causa. Esto inmediatamente repele al intelecto educado en el método científico. ¿Pero no es acaso cierto que al retroceder en el camino de los eventos e independientemente del sistema filosófico que se tome por guía, uno siempre arriba a una desconocida y tal vez inconcebible Primera Causa — es decir, a un efecto sin una causa? “No lo sabemos.” Para nosotros, esta parece ser la última palabra que puede ser dicha, al menos en el presente, por la sabia filosofía.

Pero queremos vivir una vida consciente y creativa, y tal vida requiere, en ausencia de conceptos positivos, ciertas presuposiciones necesarias que pueden ser inconscientes pero que están siempre sin embargo, en el alma de todos. La más importante de estas presuposiciones es la eficacia de la voluntad. Todo lo que puede útilmente buscarse es las condiciones que limitan o aumentan el poder de la voluntad.