Guido Mazzali: Media hora con Malatesta (1926)


Transcripción: @rebeldealegre


Periódico La Antorcha, año 4 no. 200, Buenos Aires, 5 de marzo de 1926

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Transcribimos de un diario italiano este artículo cuyo autor es un socialista reformista y que conceptuamos de indudable valor por reflejar una actual e interesante semblanza de nuestro querido camarada Errico Malatesta.

Roma, febrero.

Había visto y oído por primera vez a Malatesta en un pueblo de la provincia de Mantua en 1919. Y me había quedado una impresión extraña, incierta entre la realidad y la leyenda, entre la sorpresa y lo maravillado. Su personalidad no se había precisado, en mi memoria, en líneas animadas. Había quedado en esbozo. Esa su manera de examinar y exponer los más graves problemas que fatigan y hacen pesada la exégesis de los “sabidos”; esa manera, tan suya, de traducir y reducir en términos llanos las más simples soluciones, más me había asombrado que convencido. ¿Desencantaba para volver a ilusionar?

Volvíamos de las trincheras ardientes de los tonos ásperos de la guerra, encendidos de pasiones innovadoras y, sin embargo, enfermos de cansancio y de soledad. Las experiencias vividas no se habían ordenado todavía en un credo y tensas en una voluntad. Necesitábamos un ímpetu de libertad y permanecíamos ligados a la maciza mediocridad cotidiana.

Malatesta se había propuesto arrancarnos de la duda, aclarar el laberinto de las opuestas sensaciones y de las ideas contradictorias en que estábamos, para conducirnos a la certeza. A su certeza, naturalmente. Errico Malatesta creía. Su espíritu inquieto estaba cálido de levadura de vida, rico de renacientes aspiraciones.

Entonces. ¿Y ahora?

He querido allegarme nuevamente al agitador anarquista para leer mejor en el tumulto osificado que está delineado en su rostro en rasgos fuertísimos, para aclarar mi lejana impresión y avivarla y componerla en ciertos contornos, para indagar, pues, en la obscuridad de los ojos que relampaguean bajo la arqueada prominencia de las cejas, provistas de una espesa franja de largos pelos.

Me acoge cordialmente. En el modesto cuchitril lleno de libros, sentado ante una mesa hostil y fría en su desvastada pobreza lineal, curvado, recogido, al mismo tiempo presente y ausente. Errico Malatesta parece un solo mechón de cabellos y da la imagen del residuo de una gran hoguera de esperanzas. Superado el primer titubeo y encontrado el cabo del ovillo que quiero desenvolver, la conversación se enciende, vivaz aunque discreta, en una cordialidad franca y abierta. Muchos recuerdos son evocados. Muchas figuras son revividas. Se siega un poco en todos los campos de su vasto conocimiento. Errico Malatesta es una mina de episodios, una surgente inagotable de sensaciones y de agudas observaciones.

Trato de llevar la conversación sobre un tema político actual. Lo interrogo sobre la crisis socialista, sobre la lenta formación de una mentalidad nueva, sobre las contradicciones que anudan la cultura política italiana. Malatesta parece recogerse en sí mismo, en lo más hondo de sí mismo. Y después, cuando la meditación está por estallar en la corporeidad sonora de la voz, tiene como un salto imprevisto, un ímpetu inesperado. Las arrugas de la cara se atenúan, se allanan: Malatesta sonríe, contento de que otro pueda recoger alguna chispa del fuego que todavía en él arde, desesperadamente.  Pero me advierte: Nada de “interview”. Lo que podría, lo que debiera decir, no lo podríais imprimir. Y, después, francamente, la realidad habla a todos y por todos un lenguaje inimitable. ¿Crisis de conciencia, arrepentimientos? ¡por caridad! Nuestras ideas encuentran su confirmación en los hechos. Nada tenemos que cambiar o renegar nosotros.

Su hablar granado y acá y allá arrastrado, se acompaña con el gesto y se completa en la característica mímica napolitana. Resume, destaca y juzga sin piedad. Este hombre, que es un compendio de Historia revolucionaria, que ha meditado sobre todas las influencias de la vida mediana, que ha sufrido todas las sutilizaciones del pensamiento, que ha vivido ardientemente del 1868 hasta hoy todas las tentativas de insurrección, que ha jugado su vida en temerarias aventuras como la de Benevento, conserva intacta todavía la energía de un profeta. No tiene que desmentirse, ni advierte la necesidad de corregirse.

— El fascismo, decís? Era de preverse. Se comprende que debía seguir al fallimiento [sic] del socialismo, fallimiento debido a hombres y cosas. El pueblo italiano ama a los fuertes y los resolutos . . . porque es fuerte y resoluto, a su modo.

— ¿Sois siempre partidarios de la violencia, vosotros los anarquistas?

— No lo hemos sido nunca. Estamos contra la violencia, contra todas las violencias, estén en acto o en potencia. Nosotros admitimos, teorizamos y predicamos solamente el derecho y el deber de la defensa. Porque quien esté dispuesto a tomarlas encontrará siempre quien se las dé. Para nosotros cualquier forma de sociedad organizada, monárquica o republicana, socialista o burguesa, representa el menoscabo de la libertad, una coacción, una violencia. No podemos, ni queremos distinguir. Decís bien vosotros: somos los solos liberales, nosotros, los anarquistas y por esto nos llamamos libertarios.
Siempre lo mismo, en la misma simplicidad en que lo ví y lo oí hace seis años. Ahora comprendo mejor.

Hay que inclinarse a su austeridad que vive en los reinos poco poblados de la perfecta tranquilidad y de la superior certeza. Pero quedar también un poco humillados, sino desilusos. La fe en sí mismo y en el pueblo es absoluta. El conspirador se disuelve, se puede decir, en la luminosidad del sueño.

— Bolchevismo y fascismo son dos aspectos del mismo error, dos manifestaciones del mismo mal que lacera y consume a la humanidad. Donde hay autoridad hay dolor; donde hay gobierno hay esclavitud. El comunismo ruso ha sofocado la revolución que podía, que debía desembocar en el libre ordenamiento anarquista. ¿Sabéis cuántos anarquistas fueron fusilados en Rusia? ¿Cuántos de mis amigos, conmigo ya exiliados en Londres, fueron violenta y bárbaramente suprimidos?

La voz de Malatesta se hace tremante; se escalofría al recuerdo y parece quiera romperse en llanto. Es un momento. Se pasa la mano sobre los ojos, como para ahuyentar las sombras, para disipar las tristezas en que se ha fijado. Alza la cabeza, fiero:

— Pero yo tengo fe, porque la sola realidad visible y conquistable es la utopía, esa que vosotros llamáis la utopía. No es posible que el dolor de estos años haya sido sufrido en vano. Todos los sistemas de pensamiento han cedido al irrumpir del renacimiento burgués. ¿Dónde están el sindicalismo y el socialismo? Yo admiro vuestros esfuerzos, pero no puedo participar de vuestro camino. Lo sé: la meta es única, pero los métodos son asaz diversos. Vosotros contáis sobre la “élite” del proletariado; yo miro con fe al pueblo. Vosotros accionáis en el ámbito del pensamiento y de las instituciones burguesas; nosotros fuera y en contra. Es la hora nuestra, esta.

No intento la refutación. Errico Malatesta tiene setenta y tres años. Vive pobrísimamente como ha vivido siempre, trabajando de electricista y haciendo de editor. Sus ideas están en su inmaculada honestidad moral. Su vida está toda en sus ojos limpísimos. Sus victorias son sus derrotas.
Pertenece al pasado y se proyecta al porvenir. Estuvo y continúa entre los perseguidos, tanto en Italia como en Rusia. 

El anarquismo de Errico Malatesta no se discute. Se acepta o se niega. Pero se respeta: siempre!