Simplicio de la Fuente: La Cultura No Basta (1925)

Transcripción: @rebeldealegre
Imagen: The Lessons of the Paris Commune


La Antorcha, Buenos Aires, 4 de septiembre de 1925

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Apreciamos la cultura como una bella cualidad de los hombres [sic] que tratan de superarse, y la consideramos un factor indispensable para la transformación social que propiciamos. Es más: creemos que una persona culta ha de atraerse la simpatía y el respeto de todas las gentes que le rodean y tiene más probabilidades de hacer prosélitos hacia la causa que defiende, sea esta la que fuere.

Nosotros mismos sentimos una mayor satisfacción al encontrarnos con seres que hayan adquirido y practiquen esa cualidad, por cuanto es más fácil que nos comprenda y luego trate de imitarnos o seguros estamos, al menos que respetará nuestras opiniones y las refutará con altura, si las considera refutables, cosa que no podemos esperar de una persona inculta. De ahí que veamos con cierta complacencia la labor que en este sentido desarrollan personas e instituciones que al margen del Estado se preocupan de elevar a los elementos populares hacia un estado general de mayor altura y respeto humano.

De ahí también que en el campo de las actividades anárquicas se le preste preferente atención a este problema, convencidos de la importancia que él entraña como complemento de la finalidad regeneradora de la doctrina social del anarquismo. Pero , de ahí a hacer de la propaganda cultural el objeto principal y único de nuestra acción, media un trecho enorme.

Creemos que la cultura individual y colectiva carece de valor alguno para el objeto finalista que persigue el anarquismo, si individuos y colectividades no están impregnados y convencidos de la necesidad inmediata de practicar realizaciones revolucionarias que traigan como consecuencia el derrumbamiento de la sociedad presente. Es por esto que sin desconocer el papel preponderante que la cultura general de los pueblos puede representar como factor revolucionario, debemos despertar en las masas el sentimiento de rebeldía que las impulse a la acción combativa, acelerando así el hecho revolucionario en que forzosamente han de culminar todos nuestros afanes.

Si nos limitásemos simplemente a hacer que las gentes llegase a adquirir el grado máximo de cultura revolucionaria, sin que comprendiesen la urgente necesidad de la lucha para la materialización de nuestras concepciones libertarias, sería igual que si se poseyera el secreto de un determinado invento de utilidad social, y nos consideráramos orgullosos y satisfechos de su posesión, sin que él fuera librado al servicio de la humanidad. Innegable es la existencia de muchísimas personas cultísimas, con vastos conocimientos de todo orden, y que han llegado a compenetrarse acabadamente del valor exacto que la doctrina anarquista informa en sus postulados humanos y justos, pero que carecen, o no poseen la energía necesaria para actualizarlas, y he aquí que con todos sus conocimientos y su cultura, al adoptar esa actitud de pasividad no influyen absolutamente nada a que el acontecimiento revolucionario se produzca, y entonces de nada ha valido ese convencimiento abstracto, para uso y satisfacción personal de exclusivos.

Necesario es, entonces, nos parece, que junto a la propaganda cultivemos el sentimiento de rebeldía, pues si bien la razón es un arma poderosa para la consecución de nuestra finalidad, no es ella suficiente por sí sola para provocar la destrucción de cuanto es objeto de nuestros ataques.

No es posible, creemos, adoptar una actitud de hombre culto y respetuoso, ante la provocación y atropello de un gendarme; alegar razones ante una reacción criminal como la que actualmente está diezmando las filas anarquistas en todos los países; no es posible que con la razón y con la cultura logremos que los detentadores de la riqueza renuncien a sus privilegios, ni que los hombres de gobierno abandonen sus Estados, para que nos rijamos en la sociedad por el libre acuerdo.

Buena es la cultura y el respeto cuando de exponer nuestras ideas, o de batir en la discusión y la polémica al adversario, se trate, pero la cultura no basta cuando debemos enfrentarnos a nuestros enemigos comunes, el Capital y el Estado, porque harto sabemos que a nuestras razones opondrían siempre sus bayonetas y sus fusiles.

La solución del problema que la vida plantea al anarquismo, no radica, pues… ni en el grado de cultura que se adquiera ni en el empleo sistemático de la violencia, ni en el método puramente destructivo o constructivo, ni en ninguno de los diversos medios que las diferentes escuelas, tendencias o modalidades practican en su lucha diaria contra la explotación y el privilegio. Esos problemas serán resueltos cuando todos esos métodos combinados y aplicados en cada caso, pero sin excluir en absoluto a ninguno de ellos, nos dispongamos a ponerlos en práctica, y, para ello, la condición esencial que se requiere es que cuantos han comprendido la bondad del anarquismo, comprendan también que su realización no debemos esperar a efectuarla de aquí a mil años, sino que ella es de toda urgencia, y en todo momento actualizable.

Procuremos que todos adquieran el máximo de cultura, pero procuremos también despertar y mantener en el pueblo el espíritu de rebeldía, porque sin éste la tan ansiada sociedad del provenir sería irrealizable.