Errico Malatesta: Contra la Asamblea Constituyente como contra la dictadura

Traducción al castellano: @rebeldealegre
(Adunata, 4 de Octubre de 1930)

Todos tienen el derecho a señalar y defender sus ideas, pero nadie tiene el derecho a tergiversar las ideas de otro para fortalecer las propias.
Después de años sin ver el Martello, el número del 21 de Junio cayó en mis manos. Encontré en él un artículo firmado por X., que habla, de un modo más o menos imaginario,  de un proyecto insurreccional, que supuestamente era promovido por mi, Giulietti y ... D'Annunzio. Del artículo pareciera que alguien más que escribe bajo el nombre de Ursus había escrito antes acerca de tales eventos, pero no pude encontrar su texto.
No importa. No puedo contar ahora cómo ocurrieron realmente los eventos referidos por X. y Ursus, porque este no es el momento correcto para hacerle saber al público, y por ende a la policía, lo que uno pudo haber hecho o intentado hacer. Además, no podría traicionar la confianza que pudo haberme sido depositada por personas que no quisieran ser nombradas ahora. Me puedo sorprender, no obstante, de que estos X. e Ursus, movidos por el deseo de encontrar apoyo a sus tesis tácticas, no se hayan dado cuenta de cuán carente de táctica es involucrar a alguien que usualmente no recibe periódicos, y por ende no sabe lo que se dice de él y no puede responder – añadido a su no sentir deber alguno, como asunto personal, de al menos asumir la responsabilidad por lo que dicen y firmar con nombres reales.
Lo que me importa —y lo que hace que me tome la molestia de señalar dichos artículos — es protestar contra la declaración completamente falsa de que, en momento alguno siquiera de mi actividad política, haya sido yo defensor de la Asamblea Constituyente. El asunto tiene tal importancia teórica y práctica, que podría volverse de actualidad en cualquier momento, y no puede dejar indiferente a nadie que se llame anarquista y quiera actuar como anarquista en toda situación dada.
Para ser preciso, en el momento en que ocurrieron los eventos mal recordados por X. y Ursus, yo estaba esforzándome, con mis palabras y escritos, por luchar contra la fe y la esperanza puesta por muchos subversivos (obviamente no-anarquistas) en la posibilidad de una Asamblea Constituyente.
En ese momento afirmé, como siempre lo hice antes y después, que una Asamblea Constituyente es el medio utilizado por las clases privilegiadas, cuando una dictadura no es posible, ya sea para prevenir una revolución, o, cuando una revolución ya ha estallado, para detener su progreso con la excusa de legalizarla, y retirar muchos de los posibles logros que el pueblo haya obtenido durante el período insurreccional.
La Asamblea Constituyente, con su adormecimiento y sofoco, y la dictadura, con su aplastar y asesinar, son los dos peligros que amenazan a toda revolución. Los anarquistas deben apuntar sus esfuerzos contra ellos.
Por supuesto, ya que somos una minoría relativamente pequeña, es muy posible, e incluso probable, que la próxima revuelta termine en una convocación a una Asamblea Constituyente. Sin embargo, esto no ocurriría con nuestra participación y cooperación. Ocurriría solo contra nuestra voluntad, a pesar de nuestros esfuerzos, simplemente porque no habremos sido lo suficientemente fuertes como para prevenirlo. En este caso, tendremos que ser tan desconfiados e inflexiblemente contrarios a una Asamblea Constituyente como lo hemos sido siempre a los parlamentos ordinarios y a todo otro cuerpo legislativo.

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Que esto quede claro. Yo no soy defensor del ‘todo o nada.’ Creo que nadie en realidad se comporta de la manera que implica dicha teoría: sería imposible.
Ese es solo un lema usado por muchos para advertir sobre la ilusión de las reformas insignificantes y de supuestas concesiones del gobierno y los patrones, y para siempre recordar sobre la necesidad y la urgencia del acto revolucionario: es una frase que puede servir, si se interpreta holgadamente, como un incentivo a una lucha sin cuartel contra todo tipo de opresores y explotadores. Sin embargo, si se toma literalmente, es llanamente un absurdo.
El ‘todo’ es el ideal que se torna más lejano y más amplio a medida que se realizan progresos, y por ende nunca puede alcanzarse. El ‘nada’ sería cierto estado abismalmente incivilizado, o al menos una sumisión supina a la opresión presente.
Creo que uno debe tomar todo lo que pueda tomarse, ya sea mucho o poco: hacer lo que sea posible hoy, mientras siempre luchar por hacer posible lo que hoy parece imposible.
Por ejemplo, si hoy no podemos deshacernos de todo tipo de gobierno, esta no es buena razón para no tomar interés en defender las pocas libertades adquiridas y luchar por obtener más de ellas. Si ahora no podemos abolir completamente el sistema capitalista y la explotación resultante de los trabajadores, esta no es buena razón para abandonar la lucha por obtener mayores salarios y mejores condiciones de trabajo. Si no podemos abolir el comercio y reemplazarlo por el directo intercambio entre productores, esta no es buena razón para no buscar los medios para escapar de la explotación de negociantes y especuladores tanto como sea posible. Si el poder de los opresores y el estado de la opinión pública previenen ahora la abolición de las prisiones y la provisión a todos de defensa contra los malhechores con medios más humanos, no por esto perderíamos interés en una acción por abolir la pena de muerte, la prisión perpetua, el confinamiento cerrado y, en general, los más feroces medios de represión con los que la así llamada justicia social, pero que equivale a una venganza salvaje, es ejercida. Si no podemos abolir la policía, no por eso permitiríamos, sin protestar y resistir, que los policías golpeen a los prisioneros y se permitan todo tipo de excesos, sobrepasando el límite prescrito por las leyes vigentes mismas…
Termino aquí, pues hay miles y miles de casos, tanto en la vida individual como en la social, en los que, siendo incapaces de obtener ‘todo’, uno debe intentar obtener tanto como sea posible.
En este momento, surge la pregunta de importancia fundamental sobre el mejor modo de defender lo que uno ha obtenido y luchar por obtener más; pues hay un modo que debilita y mata al espíritu de independencia y la consciencia del derecho propio, comprometiendo así el futuro y el presente mismo, mientras hay otro modo que utiliza toda pequeña victoria para hacer mayores demandas, preparando así las mentes y el ambiente para la ansiada emancipación total.
Lo que constituye la raison d'etre característica del anarquismo es la convicción de que los gobiernos —dictaduras, parlamentos, etc. — son siempre instrumentos de conservación, reacción, opresión; y de que la libertad, la justicia, el bienestar para todos debe venir de la lucha contra la autoridad, desde la libre iniciativa y el libre acuerdo entre individuos y grupos. 

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Un problema preocupa a muchos anarquistas hoy en día, y justamente.
Puesto que encuentran insuficiente trabajar en la propaganda abstracta y en la preparación técnica revolucionaria, que no siempre es posible y se hace sin saber cuándo será fructífera, buscan algo práctico que hacer aquí y ahora, para cumplir tanto como sea posible con nuestras ideas, a pesar de las condiciones adversas; algo que moralmente y materialmente ayuda a los anarquistas mismos y que al mismo tiempo sirve de ejemplo, de escuela, de campo experimental.
Las propuestas prácticas vienen de varios lados. Son todas buenas para mí, si apelan a la libre iniciativa y a un espíritu de solidaridad y justicia, y tienden a alejar a los individuos de la dominación del gobierno y del patrón. Y para evitar perder tiempo en discusiones continuamente recurrentes que nunca traen nuevos hechos o argumentos, alentaría a quienes tengan un proyecto a que intenten cumplirlo inmediatamente, tan pronto como encuentren el apoyo del mínimo número necesario de participantes, sin esperar, usualmente en vano, por el apoyo de todos o de muchos: la experiencia mostrará si esos proyectos eran factibles, y dejará que los vitales sobrevivan y prosperen.
Que todos intenten los caminos que consideren mejores y más adecuados a su temperamento, tanto hoy con respecto a las cosas pequeñas que pueden hacerse en el ambiente presente, como mañana en el vasto terreno que ofrecerá la revolución a nuestra actividad. En cualquier caso, lo que es lógicamente obligatorio para todos nosotros, si no queremos dejar de ser realmente anarquistas, es nunca entregar nuestra libertad en manos de la dictadura de un individuo o clase, un déspota o una Asamblea Constituyente; pues de lo que nosotros depende, nuestra libertad debe encontrar su cimiento en la igual libertad de todos.