Kropotkin: La venganza organizada llamada “Justicia” (1901)

 Traducción al castellano: @rebeldealegre
«L’Organisation de la Vindicte appelée Justice», París: Les Temps Nouveaux (1901)


En el año 1837, Adolphe Blanqui (hermano del líder revolucionario de quien los Blanquistas tomaron su nombre) escribió un libro, La Historia de la Economía Política. Demostró en él la importancia que la economía tuvo en la historia de la humanidad para la determinación de formas políticas y también para la construcción de ideas actuales sobre Derecho, Moral y Filosofía. Sesenta años atrás, Liberales y Radicales concentraron sus pensamientos en la política, y fueron por completo inconscientes de las nuevas condiciones industriales que estaban en su curso de formación desde las ruinas del antiguo régimen. Fue desde el punto de vista de Blanqui muy legítimo que para llevar la atención a la economía y hacia el movimiento Socialista que estaba entonces comenzando, debió él ir tan lejos como para construir toda la historia en base a la economía. Algo de unilateralidad no habría de evitarse, era incluso quizás deseable; de otros factores bajo investigación, ya más o menos conocidos, él no necesitó hablar, y toda la fuerza de su argumentación había de arrojarse sobre el hasta entonces desconocido factor.
 
Sus exageraciones han sido seguidas por la escuela alemana de Social Demócratas, olvidadizos de todos los demás aspectos del desarrollo de la sociedad. A su vez nosotros, los Anarquistas, hemos demostrado la gran importancia de aquel otro factor, el Estado; y descansa en nosotros el tener su relevancia para la sociedad claramente establecida.
 
Sin embargo, mientras ponemos acento en los principios jerárquico, centralizado, Jacobino, anti-libertario del Estado, somos, tal vez, propensos a descuidar nuestra crítica a lo que se ha denominado Justicia. Este reporte ha sido escrito con el especial deseo de llevar la atención al origen de esta institución y a invitar a una discusión que arrojaría luz sobre aquel asunto.
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Un cuidadoso estudio del desarrollo de la sociedad fuerza sobre nosotros la convicción de que el Estado y la Justicia son dos instituciones que no sólo co-existen en la sociedad en la corriente de la historia, sino que están conectados por el lazo de causa y efecto. Quien admita la necesidad de miembros escogidos separados de la sociedad para la función especial de distribuir castigos a quienes han quebrado la ley, necesita un cuerpo que dicte estas leyes, las codifique, establezca estándares de castigo — necesita escuelas especiales para enseñar la manufactura e interpretación de las leyes — necesita cárceles, carceleros, policía, verdugos y ejército — necesita al Estado.
 
La tribu primitiva, siempre comunista, no sabe de jueces: dentro de la tribu el robo, el homicidio, el asesinato no existen. Las costumbres son suficientes para prevenirlos. Pero en los muy raros casos en que un miembro no respetara las sagradas reglas de la tribu, sería lapidado o quemado hasta la muerte por la tribu entera. Cada miembro de ella lanzaría su piedra o traería su manojo de madera, de modo que no fuese tal o cual persona la que ha dado muerte al culpable, sino la tribu completa.
 
Cuando un miembro de otra tribu ha herido a alguien, entonces toda la tribu del dañado es responsable de llevar a cabo un daño igual; y toda la tribu del asaltante es responsable, de modo que cualquiera de sus miembros en cuanto surja la oportunidad puede ser escogido por cualquier miembro de la tribu afectada para la represalia — de acuerdo al principio de vida por vida, diente por diente, y así; heridas infligidas exactamente como fueron recibidas, siendo el grano de maíz el estándar de medida de cada herida.
 
Esta es la concepción primigenia de justicia.
 
Más tarde, en la vida de las aldeas de los primeros siglos de nuestra era, la concepción cambió. La idea de Venganza es poco a poco hecha a un lado — muy lento, claro, principalmente entre poblaciones agrícolas, que sobrevivían aún entre los guerreros — y se desarrolla la idea de la Compensación; la compensación al afectado, o a su familia o a la tribu. A medida que aparece la familia patriarcal, en posesión de ganado y de esclavos robados de otras tribus, la compensación toma más y más el carácter de evaluación del daño hecho — siendo el valor distinto de acuerdo al rango del afectado: tanto por un esclavo asesinado, tanto por un campesino herido, tanto por un jefe maltratado. Las escalas de valoración forman los primeros códigos bárbaros. Para fijas el monto, la comunidad aldeana se reúne, los hechos del caso son verificados por la interrogación de jurados escogidos en igual número (6 o 12) de ambas partes o sus familias. Los miembros antiguos de la aldea o, mejor aún, los bardos, a la memoria de  quienes la tradición es confiada, o tal vez jueces de afuera invitados por la comunidad, deciden la compensación (restitución simple para el robo) y la multa para la comunidad o para los dioses.
 
Pero gradualmente, durante la inmigración de distintas tribus, muchas comunidades libres son esclavizadas. En el mismo territorio viven, lado a lado, conquistadores y conquistados. Vienen entonces el sacerdote y el obispo, temidos brujos, y poco a poco el jurado, los bardos, los antiguos de la tribu son sustituidos en la valoración de la compensación por los delegados del obispo o del señor local.
 
La multa se vuelve más y más importante: la compensación al afectado menos y menos; la parte de la comunidad en la multa llega a cero; todo el pago es puesto en el bolsillo del jefe. El Antiguo Testamento provee a estos delegados del ejemplo tradicional necesario de juicio. Vemos así al juez moderno evolucionando desde el jurado escogido a la misma razón que el sistema feudal evoluciona desde la comunidad aldeana. La idea de Castigo nace, y pronto aleja toda otra concepción, especialmente bajo la acción de la Iglesia, que tomando el ejemplo de sus predecesores hebreos quiere reinar con el terror. Un daño a un sacerdote ya no es un daño a un ser humano, es un daño a la divinidad, y no hay escarmiento lo suficientemente severo como para castigar tal crimen. La crueldad del juicio incrementa a medida que pasa el tiempo, y el poder secular imita al poder clerical.
 
En los siglos décimo y undécimo aparece la ciudad medieval. Revolución tras revolución, ciudad tras ciudad expelen al juez del obispo, del señor, del duque. Las ciudades hacen su Conjuro. Al comienzo los ciudadanos juran abandonar toda disputa que surja de la lex talionis (ley del talión) y, si surgen nuevas disputas, nunca apelar a poderes externos, sino establecer todo entre ellos mismos. Las comunidades de gremio, distrito, ciudad son los distintos grados de jurisdicción. Los bailíos, escogidos por los miembros del gremio, la calle, el distrito o la ciudad, deciden la compensación a ser garantizada a la parte afectada. En casos especialmente importantes, el gremio, la calle, el distrito o la ciudad, convocaban a una asamblea general, pronunciaba la sentencia. Aparte, el Arbitraje en todas las etapas entre individuos, entre gremios, entre distritos y ciudades toma gran extensión.
 
Pero la organización dura sólo unos pocos siglos. El cristianismo y un resurgimiento del estudio de la ley romana hallan su camino en las ideas de las personas en general. El sacerdote insiste incesantemente en la cólera e ira de Dios. Su argumento favorito — aún el mismo en nuestros días — es que el castigo eterno caerá por violar la ley de la Iglesia; aplicando las palabras de la Escritura concerniente a aquellos poseídos por espíritus demoníacos, la Iglesia discierne a un demonio en cada malhechor; inventa todo tipo de torturas para sacar el demonio del cuerpo, y luego lo quema para que no recaiga. Desde el comienzo, Sacerdote y Señor actúan juntos; el sacerdote es a menudo él mismo un Señor; el Papa es un Rey; por lo tanto quien ha quebrado la ley de la sociedad civil es más y más tratado como quien ha violado la de la Iglesia. Los poderes clericales y civiles van mano a mano, el clerical sólo un poco adelante, sus leyes y refinadas torturas aumentan firmemente en ferocidad. El Papa, él mismo el supremo árbitro, reúne a su alrededor abogados, expertos en leyes romanas y feudales. El sentido común, el conocimiento de usos y costumbres, el estudio de la naturaleza humana, son abandonados más y más tras el telón; se dice que fomentan las malas pasiones, que son una invención del diablo. Los “precedentes” califican como ley, y, mientras más antiguo sea un juicio, más importante, más respetable parece ser. Los “precedentes” son por ende buscados en la Roma imperial y en los jueces hebreos.
 
El arbitraje desaparece, lentamente ante el poder en ascenso del obispo, el señor, el rey, el papa. A medida que la alianza entre los poderes religioso y civil se hace más cercana, los acuerdos amistosos para las disputas son prohibidos; la compensación a la parte afectada se vuelve cosa del pasado; — la venganza en nombre de un Dios cristiano o del Estado Romano son lo principal. Al mismo tiempo, el carácter atroz de las sanciones infligidas es tal que es casi imposible leer la descripción de las escenas judiciales de aquel período.
 
Las ideas fundamentales de Justicia, esenciales para toda sociedad, han cambiado así totalmente entre los siglos undécimo y decimosexto. En nuestro artículo sobre El Estado y su rol histórico nos hemos empeñado en explicar cómo el Estado tomó posesión de las ciudades libres; que sea suficiente para nuestro propósito presente remarcar que, cuando la evolución tomó lugar, que llevó a las ciudades bajo la influencia del Estado, las comunidades ya habían abandonado, incluso en ideal, los principios de arbitraje y compensación que eran la esencia de la justicia popular en el siglo undécimo. Cuando el Estado puso su mano sobre las ciudades la antigua concepción se había ido por completo. El cristianismo y la ley romana ya habían hecho Estados fuera de las ciudades. El paso siguiente era simplemente este, que el Estado estableciera su imperio sobre las ciudades ahora esclavizadas.
 
Ciertamente, sería interesante estudiar cómo los cambios económicos que ocurrieron durante aquel trecho de tiempo (cinco siglos), cómo el comercio a distancia, la exportación, la creación de bancos y de préstamos comerciales, cómo las guerras, la colonización, y la producción capitalista tomaron el lugar de la producción, el consumo y el comercio comunales — estudiar cómo todos estos factores influenciaron a las ideas de punta durante el mismo período y ayudaron a ese cambio en la concepción de la Justicia. Algunas espléndidas investigaciones se encuentran por aquí y por allá en las obras de los historiadores de las ciudades libres. Unas cuantas investigaciones originales sobre la influencia de las ideas cristianas y romanas también existen (aunque tales estudios son de una naturaleza mucho más difícil y siempre heterodoxos). Pero sería un error rastrear todo el origen en la economía; sería el mismo tipo de error que si, estudiando botánica, dijésemos que la cantidad de calor recibido por una planta determina su vida y crecimiento, olvidando la humedad, la luz y otros factores importantes. 
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Este resumen histórico, corto como es, muestra no obstante cómo el Estado y la evolución de la venganza, llamada justicia, son instituciones relacionadas — derivadas la una de la otra, apoyándose la una a la otra, siendo históricamente una.
 
Pero un momento de pensamiento tranquilo es suficiente para comprender cómo ambas instituciones se sostienen lógicamente juntas, cómo ambas tienen un origen común en la misma idea: la Autoridad cuidando de la seguridad de la sociedad y ejerciendo la venganza sobre quienes rompen reglas o leyes establecidas. Si admites la existencia de jueces, como miembros especialmente seleccionados de la sociedad a quienes se confía el cuidado de aplicar tradiciones codificadas, no importa por quién sea escogido  o elegido, — tienes un embrión de Estado en torno al cual otros poderes por poder ser se congregarán. Por otra parte, si admites la estructura centralizada llamada Estado, una de sus funciones será administrar la justicia. De ahí los jueces.
 
¿Pero no podemos tener jueces elegidos por el pueblo? Veamos dónde nos conduce esto. Primero debe decirse que la idea de leyes directamente hechas por el pueblo nunca se ha contemplado seriamente; su bosquejo debe siempre dejarse a algún hombre más ilustrado (héroe, Ubermensch). Luego, aparte del juez y del legislador, se necesitará otra persona para explicar tales leyes, o interpretar antiguas, para estudiar sus conexiones e ideas de punta: universidades de leyes con plantas de profesores y estudiantes, actuando de carga sobre la sociedad con todo el peso de sus tradiciones heredadas y sus desmenuzamientos sobre la letra de la ley. Pero eso es nada comparado con los auxiliares requeridos por el juez: por un lado el gendarme, el policía, la prostituta, el espía, el agente provocador; por otro, el carcelero, el verdugo y toda la secuela de infamia que necesariamente les acompaña.
 
Finalmente,  debes aplicar algún cuerpo supervisor para mantener todo ese ejército de funcionarios en marcha. No debes olvidar proveer de dinero para su mantención y así. En corto, no hay una sola función del Estado hoy cuyos servicios puedan ser dispensados si queremos mantener al juez — sea elegido por el pueblo o no.
 
¿Pero y qué hay del Código? El Código, todos los códigos, representan una congregación de tradiciones, de fórmulas prestadas desde concepciones antiguas absolutamente repugnantes para todas las ideas socialistas de hoy; sobrevivientes de nuestro pasado servil, servil en acción, servil en habla, servil en pensamiento. No tiene consecuencia alguna que algunas de las ideas morales de punta puedan estar en concordancia con las nuestras; en el momento que un castigo es decretado por el no cumplimiento de una buena acción no tendremos nada que hacer con ello. Un Código es el pasado estereotipado y puesto en el camino del progreso humano.
 
Todo castigo legal es venganza legalizada, venganza hecha obligatoria, y debemos preguntarnos ¿qué uso tiene la venganza? ¿Ayuda a mantener las costumbres sociales? ¿Previene alguna vez que las pequeñas minorías de rompedores de buenas costumbres lo hagan? Nunca. Por el contrario, proclamar los deberes de venganza es simplemente ayudar a la existencia de costumbres anti-sociales. Piensa en la cantidad de sucia perversidad lanzada a la sociedad por la institución policíaca, por lejos más peligrosa para la sociedad que cualquier acto cometido por criminales. Piensa en las “mentiras bien-intencionadas” de los magistrados para obtener la verdad de los criminales. Piensa en todo lo que ocurre a nuestro alrededor y comprenderás porqué los anarquistas no tienen vacilación en declarar que el castigo es peor que el crimen. Y todo aquel que estudie esas cuestiones y llegue a la raíz llegará a la misma conclusión, e intentará hallar otros medios de protección de la sociedad contra los malhechores.
 
Todos verán que el arbitraje, siendo los árbitros escogidos por las partes en disputa será suficiente en la gran mayoría de los casos para apaciguar las disputas que surjan. Todos admitirán que la política de no-interferencia ahora tan favorecida es un mal hábito adquirido desde que el Estado halló conveniente asumir el deber de mantener el orden. La intervención activa de amigos, vecinos, transeúntes prevendría una gran proporción de los conflictos. Que sea el deber de todos asistir al débil, interferir entre personas que pelean, y la policía no se requerirá en absoluto.
 
El estudiante no puede evitar asombrarse del hecho de que por un par de siglos hubo uno desarrollo paralelo en marcha: por un lado el castigo y la venganza legal han sido menos y menos sangrientos, no por decir más suaves, la tortura ha sido abolida, la pena de muerte ha sido limitada a menos casos y en algunos países totalmente abolida; por otro lado los actos anti-sociales han disminuido. Hay lejos mayor seguridad en nuestra vida cotidiana que en la de nuestros antepasados. Muchos factores han ayudado a suavizar las conductas, pero la suavización del castigo es ciertamente una de ellas.  ¿No debemos continuar por la misma línea; o debemos suponer que una sociedad socialista o comunista sería inferior en aquel aspecto a un gobierno capitalista?
 
Podemos vivir sin jueces en la sociedad, así como podemos vivir sin jefes en la producción.

Conclusiones.
La así denominada Justicia es un sobreviviente de una servidumbre pasada basada, para el interés de las clases privilegiadas, en la ley romana y en las ideas de venganza divina.
 
En la historia de la sociedad, la organización de la venganza bajo el nombre de justicia es coincidente con el Estado; se implican el uno al otro; nacieron juntos, florecieron juntos y están destinados a perecer juntos.
 
Viniendo de una era de servidumbre ayuda a mantener la servidumbre en la sociedad presente; por medio de su policía, prisiones y demás, es una llaga abierta, excretando un flujo constante de purulencia en la sociedad, un mal por lejos mayor que contra el que se supone que lucha.
 
El modo de vivir sin él se hallará en el arbitraje voluntario, en mayor solidaridad en efecto, en los poderosos medios educativos que una sociedad tendrá que no deja al policía el cuidado de su moral pública.