Errico Malatesta: Más Pensamientos sobre Anarquismo y el Movimiento Obrero [2 de 3]

Traducción al castellano: @rebeldealegre

Obviamente no he podido hacerme entender con los compañeros de habla castellana, al menos en cuanto a mis ideas sobre el movimiento obrero y sobre el rol de los anarquistas en él.

Intenté explicar estas ideas en un artículo que fue publicado en El Productor el 8 de Enero (un artículo cuyo encabezado ‘El Movimiento Obrero y el Anarquismo’ fue traducido erradamente como ‘Sindicalismo y Anarquismo’). Pero de la respuesta que vi en aquellos números de El Productor que me han llegado veo que no he logrado hacerme entender. Volveré por lo tanto al asunto con la esperanza de mayor éxito esta vez.

El asunto es este: Estoy de acuerdo con los compañeros Españoles y Sudamericanos sobre los fines anarquistas que deben guiar y conformar toda nuestra actividad. Pero no estoy de acuerdo con algunos respecto a que el programa, o bien, la etiqueta, anarquista deba ser impuesta a los sindicatos de trabajadores.

Y respecto a que, si tal programa fallase en tener la aprobación de la mayoría, los anarquistas deban permanecer dentro de la organización más amplia, continuando la propaganda desde dentro y oponiéndose a las tendencias autoritarias, monopolistas y colaboracionistas que son una característica de todas las organizaciones de trabajadores, o separarse de ellas y establecer organizaciones minoritarias, mantengo que ya que la mayoría de los trabajadores no es anarquista, una organización obrera que se ponga tal nombre debe o bien estar compuesta exclusivamente de anarquistas – y por lo tanto ser no más que un simple e inútil duplicado de los grupos anarquistas – o mantenerse abierta a los trabajadores de todas las opiniones. En tal caso la etiqueta anarquista es pura apariencia, útil solo para ayudar a comprometer a los anarquistas a las mil y una transacciones que un sindicato está obligado a llevar a cabo en la realidad de la vida en el presente si desea proteger los intereses inmediatos de sus miembros.

Me he encontrado con un artículo de Diego Abad de Santillán que se opone a esta visión . . . Santillán cree que yo confundo el sindicalismo con el movimiento obrero, mientras que la verdad es que siempre me he opuesto al sindicalismo y he sido un cálido defensor del movimiento obrero. Estoy contra el sindicalismo, tanto como doctrina como práctica, porque me  parece una criatura híbrida que pone su fe, no necesariamente en el reformismo como Santillán lo ve, sino en la exclusividad y autoritarismo clasista. Favorezco al movimiento obrero porque creo que es el modo más efectivo de elevar la moral de los trabajadores y porque, además, es una gran y universal iniciativa que solo puede ser ignorada por quienes han perdido la noción de la vida real. Al mismo tiempo estoy bien consciente de que, haciendo como hace en proteger los intereses de corto plazo de los trabajadores, tiende naturalmente al reformismo y no puede, por lo tanto, ser confundido con el movimiento anarquista mismo. Santillán insiste en argumentar que mi ideal es ‘un movimiento obrero puro, independiente de cualquier tendencia social, y que sostiene sus propios fines dentro de sí mismo.’ ¿Cuándo he dicho yo tal cosa? Sin retroceder – lo que fácilmente podría hacer – a lo que Santillán llama el tiempo prehistórico de mis primeras actividades, recuerdo que ya en 1907, en el Congreso Anarquista de Amsterdam, me encontré cruzando espadas con los sindicalistas de la ‘Carta de Amiens’ y expresando mi total desconfianza hacia las milagrosas virtudes de un ‘sindicalismo que sea suficiente en sí mismo.’

Santillán dice que un movimiento obrero puro nunca ha existido, no existe y no puede existir sin la influencia de ideologías externas y me desafía a dar un solo ejemplo de lo contrario. Pero yo estoy diciendo lo mismo! Desde el tiempo de la Primera Internacional y antes, los partidos – y uso el término en el sentido general de personas que comparten las mismas ideas y propósitos – han buscado invariablemente usar al movimiento obrero para sus propios fines. Es natural que así sea, y yo, como los anarquistas, y creo que Santillán también, no he de desatender el poder del movimiento obrero como medio de acción.

Todo el asunto en cuestión es si se adecua a nuestros propósitos, en términos de acción y propaganda, que las organizaciones obreras estén abiertas a todos los trabajadores, independiente del credo filosófico o social, o si es que éstas deban separarse en distintas tendencias políticas y sociales. Esto es un asunto no de principios sino de táctica, e involucra distintas soluciones de acuerdo al tiempo y al lugar. Pero en general me parece a mí mejor que los anarquistas se mantengan, cuando puedan, dentro de las agrupaciones más grandes posibles.

Escribí: ‘Una organización obrera que se estile anarquista, que fuera y permaneciera genuinamente anarquista y se compusiera exclusivamente de anarquistas acérrimos y convencidos podría ser una forma – en algunas circunstancias una extremadamente útil – de agrupación anarquista; pero ésta no sería el movimiento obrero y carecería del propósito de tal movimiento.’ Esta afirmación, que me parece simple y obvia, deja a Santillán boquiabierto. Se lanza a ella en términos trascendentales, concluyendo que ‘si el anarquismo es la idea de la libertad no puede funcionar nunca contra los fines del movimiento obrero como todas las otras facciones lo hacen.’

Mantengamos nuestros pies firmes en la tierra. ¿Cuál es el propósito del movimiento obrero? Para la vasta mayoría, que no son anarquistas, y que, salvo en momentos excepcionales de elevado heroísmo, piensa más en el momento presente que en el futuro, el propósito del movimiento obrero es la protección y el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores ahora y no es efectivo si sus filas no están abarrotadas del mayor número posible de asalariados, unidos en solidaridad contra los patrones. Para nosotros, y en general para todas las personas de ideas, la principal razón de nuestro interés en el movimiento obrero es las oportunidades que permite para la propaganda y la preparación para el futuro – y aún este propósito se pierde si nos reunimos solamente con personas de ideas afines.

Santillán dice que si los anarquistas italianos hubiesen logrado destruir la Confederación General del Trabajo quizás no habría fascismo hoy. Esto es posible. ¿Pero cómo destruir la Confederación General si la abrumadora mayoría de los trabajadores no es anarquista y mira hacia donde haya menos peligro y la mayor chance de obtener algún pequeño beneficio en el corto plazo?

No deseo aventurarme a ese tipo de retrospectiva que consiste en decir lo que hubiese ocurrido si esto o aquello se hubiese hecho, porque una vez en esa esfera cualquiera puede decir lo que quiera sin temor a ser desmentido. Pero me permitiré una pregunta. Dado que la Confederación General no pudo ser destruida y reemplazada por otra organización igualmente poderosa, ¿no hubiese sido mejor haber evitado el cisma y mantenerse dentro de la organización para advertir a los miembros de la somnolencia de sus líderes? Podemos aprender algo de los constantes esfuerzos hechos por aquellos líderes por frustrar toda propuesta de unificación y por mantener a los disidentes a raya.

Una última prueba de la equivocación de ciertos compañeros españoles al interpretar mis ideas sobre el movimiento obrero:

En el periódico de San Feliu de Guixol, Acción Obrera hay un artículo de Vittorio Aurelio en el que señala:

'Creo que mi misión es actuar dentro de los sindicatos, buscando abrir desde dentro de las organizaciones obreras un camino siempre en ascenso hacia la realización total de nuestros ideales. Y que logremos eso depende de nuestro trabajo, nuestra moral y nuestra conducta. Pero debemos actuar a través de la persuasión, no de la imposición. Por esta razón no estoy de acuerdo con que la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en España deba directamente llamarse anarquista, cuando, desafortunadamente, la inmensa mayoría de sus miembros no sabe lo que esto significa, de qué trata la ideología libertaria. Me pregunto, si los defensores de este argumento saben que los miembros de la organización de trabajadores no piensan ni actúan anárquicamente, ¿por qué esta ansiedad por imponer un nombre, cuando sabemos muy bien que los nombre por sí solos no significan nada?'

Este es precisamente mi punto. Y me pregunto por qué, al decir esto,  Vittorio Aurelio encuentra necesario declarar que no concuerda con Malatesta!

O bien mi estilo de escritura se está volviendo demasiado oscuro o mis escritos están siendo regularmente distorsionados por los traductores españoles.

Marzo de 1926