Errico Malatesta: Gradualismo (1925)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

Publicado originalmente en el «Pensiero e Volontà» de Roma (2, No. 12, 1 de Octubre de 1925). Malatesta explica su visión del gradualismo anarquista y cuáles son los criterios de acción antes, durante y después de la revolución social, que, fieles al principio ácrata esencial de la coherencia entre medios y fines conducirán a través del anarquismo — “por caminos de libertad” — hacia la anarquía.

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En el curso de aquellas polémicas que surgen entre anarquistas en cuanto a las mejores tácticas para alcanzar, o aproximarse a la creación de una sociedad anarquista — y estas son discusiones útiles, y por cierto necesarias, cuando reflejan tolerancia y confianza mutuas y evitan las recriminaciones personales — ocurre con frecuencia que algunos reprochan a otros por ser gradualistas, y los otros rechazan el término como si fuese un insulto.

Pero el hecho es que, en el sentido real de la palabra y dada la lógica de nuestros principios, somos todos gradualistas. Y todos, en cuales sean los distintos modos, debemos serlo.

Es cierto que ciertas palabras, especialmente en política, están continuamente cambiando de significado y a menudo asumen uno que es muy contrario al sentido original, lógico y natural del término.

Así pasa con la palabra posibilista. ¿Hay alguien de sano juicio que clamaría seriamente querer lo imposible? Sin embargo, en Francia, el término se convirtió en la etiqueta especial de una sección del Partido Socialista que eran seguidores de un ex-anarquista, Paul Brousse — y más dispuestos que otros a renunciar al socialismo en búsqueda de una cooperación imposible con la democracia burguesa.

Tal es también el caso con la palabra oportunista. ¿Quién realmente quiere ser un in-oportunista, y como tal, renunciar a las oportunidades que surjan? Sin embargo, en Francia, el término oportunista terminó siendo aplicado específicamente a los seguidores de Gambetta [1] y aún se usa en el sentido peyorativo para referirse a una persona o partido sin ideas o principios y guiados por intereses viles y cortoplacistas.

Lo mismo es cierto de la palabra transformista. ¿Quién negaría que todo en el mundo y en la vida evoluciona y cambia? ¿Quién hoy no es un ‘transformador’? Sin embargo la palabra se usó para describir a las políticas corruptas y cortoplacistas lideradas por el italiano Depetris [2].

Sería buena cosa poner freno al hábito de atribuir a las palabras un significado distinto de su sentido original, que da pie a tanta confusión e incomprensión. Pero cómo hacerlo es otro asunto, particularmente cuando el cambio en significado es una táctica deliberada de parte de políticos que disfrazan sus perversos propósitos tras finas palabras.

Tal vez es cierto, por lo tanto, que la palabra gradualista, como se aplica a los anarquistas, podría terminar de hecho describiendo a quienes usan la excusa de hacer las cosas gradualmente, a medida que y cuando se hacen posibles, y en el último análisis hacen nada en absoluto — o bien eso o se mueven, si es que se mueven, en dirección contraria a la anarquía. Si este es el caso, el término debe ser rechazado. Pero el sentido real de gradualismo sigue siendo el mismo: todo en la naturaleza y en la vida cambia en grados, y esto no es menos cierto de la anarquía. Ésta solo puede llegar poco a poco.

Como decía antes, el anarquismo es, por necesidad,  gradualista. La anarquía puede ser vista como perfección absoluta, y es correcto que esta idea permanezca en nuestras mentes, como un bastión que guíe nuestros pasos. Pero obviamente, tal ideal no puede ser alcanzado en un salto repentino desde el infierno del presente al anhelado cielo del futuro. Los partidos autoritarios, con lo cual me refiero a aquellos que creen que es moral y apropiado imponer un orden social dado por la fuerza, puede que esperen — ¡vana esperanza! — que cuando lleguen al poder puedan, usando las leyes, decretos… y gendarmes, someter a todos indefinidamente a su voluntad. Pero tales esperanzas y anhelos son inconcebibles para los anarquistas, ya que los anarquistas buscan imponer nada más que respeto por la libertad, y contar con la fuerza de la persuasión y de las ventajas que se perciban de la cooperación libre, para la realización de sus ideales.

Esto no significa que yo crea (como, por polemizar, un inescrupuloso y mal informado periódico reformista hizo creer que creía) que para alcanzar la anarquía debemos esperar a que todos se vuelvan anarquistas. Por el contrario, yo creo — y es por esto que soy un revolucionario — que bajo las condiciones presentes solo una pequeña minoría, favorecida por circunstancias especiales, puede arreglárselas para concebir qué es la anarquía. Sería ilusorio esperar por una conversión general antes de que tomase lugar realmente  un cambio en el tipo de ambiente donde el autoritarismo y el privilegio hoy florecen. Es precisamente por esta razón que creo en la necesidad de organizarse para la realización de la anarquía, o al fin y al cabo aquel grado de anarquía que pudiese volverse gradualmente factible, tan pronto como una libertad suficiente haya sido obtenida y exista en alguna parte un núcleo de anarquistas que sea tanto suficientemente fuerte numéricamente como capaz de ser autosuficiente y de extender su influencia localmente.

Repito, necesitamos organizarnos para aplicar la anarquía, o aquel grado de anarquía que se haga gradualmente posible.

Ya que no podemos convertir a todos de una vez y las necesidades de la vida y los intereses de la propaganda no nos permiten permanecer aislados del resto de la sociedad,  se debe hallar formas de poner tanta anarquía como sea posible en práctica entre las personas que no son anarquistas o que solo simpatizan.

El problema, por lo tanto, no es si es que hay necesidad de proceder gradualmente sino que buscar la vía más rápida y sincera que conduzca a la realización de nuestros ideales.

En todo el mundo hoy la vía está bloqueada por los privilegios conquistados, como resultado de una larga historia de violencia y errores, por ciertas clases que además de una superioridad intelectual y técnica que disfrutan como resultado de esos privilegios, disponen también de fuerzas armadas reclutadas de entre las clases sometidas y las usan cuando lo creen necesario sin escrúpulos ni contención.

Por eso es que la revolución es necesaria. La revolución destruye el estado de violencia en el que vivimos ahora, y crea los medios para el desarrollo pacífico hacia cada vez mayor libertad, mayor justicia y mayor solidaridad.

¿Cuáles debiesen ser las tácticas anarquistas antes, durante y después de la revolución?

Sin duda la censura [3] nos prohibiría decir lo que se requiere hacer antes de la revolución para prepararnos para ella y para llevarla a cabo. En cualquier caso, es un tema mal llevado en presencia del enemigo. Es, sin embargo, válido señalar que necesitamos seguir siendo fieles a nosotros mismos, esparcir la palabra y educar tanto como sea posible; evitar todo compromiso con el enemigo y estar preparados, al menos en espíritu, a tomar todas las oportunidades que puedan presentarse.

¿Y durante la revolución? Permítaseme comenzar diciendo, que no podemos hacer la revolución por nuestra cuenta; tampoco sería deseable hacerlo. A menos que todo el país esté detrás de ella, juntos con todos los intereses del pueblo, tanto actuales como latentes, la revolución fracasará. Y en el  caso lejos de ser probable de que alcancemos la victoria por nuestra cuenta, nos hallaremos en una posición absurdamente insostenible: ya sea porque, en el hecho mismo de imponer nuestra voluntad, mandar y restringir, dejaríamos de ser anarquistas y destruiríamos la revolución con nuestro autoritarismo; o porque, por el contrario, nos retiraríamos del campo, dejando que otros, con propósitos opuestos a los nuestros, se beneficiaran de nuestro esfuerzo.

Debemos entonces actuar junto con todas las fuerzas progresivas y los partidos de vanguardia a las que despertemos interés, y atraer a las masas del pueblo al movimiento, dejando que la revolución — de la cual formaríamos una parte, entre otras — ceda lo que pueda.

Esto no significa que debamos renunciar a nuestros propósitos específicos. Por el contrario, tendríamos que mantenernos muy unidos y distinguidamente separados del resto al luchar a favor de nuestro programa: la abolición del poder político y la expropiación de los capitalistas. Y si, a pesar de nuestros esfuerzos, surgiesen nuevas formas de poder que busque obstruir la iniciativa del pueblo e imponer su propia voluntad, no debemos formar parte alguna de éste, y nunca otorgarles reconocimiento alguno. Debemos trabajar por asegurar que el pueblo les niegue los medios para gobernar — les niegue, es decir, los soldados y los  ingresos públicos; que se asegure de que aquellos poderes continúen débiles… hasta que llegue el día en que podamos aplastarlos de una vez y para siempre.

De todos modos, debemos reclamar y demandar, con la fuerza si es necesario, nuestra autonomía total, y el derecho y los medios para organizarnos como nos parezca adecuado y para poner nuestros propios métodos en práctica.

¿Y después de la revolución — es decir, tras la caída de aquellos en el poder y el triunfo final de las fuerzas de la insurrección? Es aquí que el gradualismo se vuelve particularmente relevante. Debemos prestar atención a los problemas prácticos de la vida: la producción, el intercambio, las comunicaciones, las relaciones entre grupos anarquistas y con aquellos que retienen una creencia en la autoridad, entre colectivos comunistas e individualistas, entre la ciudad y el campo. Debemos asegurarnos de usar para nuestro beneficio las fuerzas de la naturaleza y las materias primas, y de que atendamos a la distribución industrial y agrícola — de acuerdo a las condiciones que prevalezcan en ese momento en los distintos países — a la educación pública, el cuidado infantil y el cuidado de los discapacitados, a la salud y los servicios médicos, a la protección contra criminales comunes y contra aquellos, más insidiosos, que sigan intentando suprimir la libertad de otros por el interés de individuos y partidos, etc. La solución para cada problema no solo debe ser la más económicamente viable sino que debe responder a los imperativos de la justicia y la libertad, y ser aquellas con más posibilidad de mantener abierto el camino a futuras mejoras. Si es necesario, la justicia, la libertad y la solidaridad deben tener prioridad sobre la ventaja económica.

No hay necesidad de pensar en términos de destruir todo creyendo que las cosas se atenderán solas. Nuestra civilización presente es el resultado de miles de años de desarrollo y ha encontrado algunos medios para resolver el problema de que millones y millones de personas cohabiten, con frecuencia abarrotados en áreas restringidas, y de poder satisfacer sus necesidades cada vez más crecientes y complejas.

Dichos beneficios son reducidos — y para la gran mayoría de las personas, virtualmente negados — por el hecho de que el desarrollo ha sido llevado a cabo por medios autoritarios y en el interés de las clases dominantes. Pero, si el dominio y los privilegios son removidos, los logros reales permanecen: los triunfos de la humanidad sobre las fuerzas adversas de la naturaleza, el peso acumulado de la experiencia de las generaciones pasadas, los hábitos sociables adquiridos durante la larga historia de la cohabitación humana, las ventajas probadas del apoyo mutuo. Sería una necedad, y además imposible, renunciar a todo esto.

En otras palabras, debemos luchar contra la autoridad y el privilegio, y tomar aprovechar los beneficios que la civilización ha conferido. No debemos destruir nada que satisfaga necesidades humanas por mal que lo haga — hasta que tengamos algo mejor que poner en su reemplazo.

Por intransigentes que sigamos para con toda forma de imposición o explotación capitalista, debemos ser tolerantes de todas aquellas ideas sociales que prevalezcan en las diversas agrupaciones humanas, mientras no dañen la libertad y los iguales derechos de otros. Debemos contentarnos con el progreso gradual mientras el nivel moral de las personas crezca, y con ello, los medios materiales e intelectuales disponibles para la humanidad; y mientras, claramente, hacer todo lo que podamos, a través del estudio, el trabajo y la propaganda, por apresurar el desarrollo hacia ideales cada vez más elevados.

He traído aquí más problemas que soluciones. Pero creo haber presentado brevemente los criterios que deben guiarnos en la búsqueda y la aplicación de las soluciones que ciertamente serán muchas y diversas de acuerdo a las circunstancias. Pero, en cuanto a lo que nosotros concierne, deben siempre ser consistentes con los principios fundamentales del anarquismo: nadie mandonea a nadie, nadie explota a nadie.

Es tarea de todos los compañeros pensar, estudiar y prepararse — y hacerlo con toda rapidez y concienzudamente, pues los tiempos son ‘dinámicos’ y debemos estar listos para lo que pueda ocurrir.

Octubre de 1925



NOTAS
[1] Leon Gambetta (1838-1882), abogado y político francés.
[2] Agostino Depetris, político italiano y primer ministro en varias oportunidades entre 1876 y 1887.
[3] Malatesta escribía en 1925 en Italia bajo la dictadura de  Mussolini donde todas las publicaciones debían pasar por el censor de prensa fascista.