José Santos González Vera: Los Anarquistas (1949)

Transcripción desde el libro: “Los Anarquistas y otros escritos” de José Santos Gonzalez Vera, editado por Editorial Eleuterio. El escrito se publicó originalmente en Revista Babel No. 49, año 1949. De la contratapa: “... En este artículo, González Vera nos pasea por el Santiago antiguo, donde era habitual tropezar con obreros anarquistas de viejo cuño como el zapatero Silva, quien tras leer a Kropotkin decide dejar sus vicios e invertir sus días en el autocultivo físico e intelectual o el español Francisco Rodríguez, quien apelaba al pragmatismo de construir Sociedades de Resistencia y dejar atrás, según su criterio, las inútiles discusiones teóricas. Se trata de un sabroso registro de los rincones e ideas de los más apasionados exponentes del anarquismo local como de aquellos provenientes de las más diversas regiones del planeta.”


Los Anarquistas


Con lentitud llegué al convencimiento que debía ser productor. En mis empleos fui mísero intermediario. Quería crear algo, servir así a mis semejantes.

En las reuniones del Centro Francisco Ferrer conocí a varios zapateros. Eran los trabajadores más ilustrados, con la sola excepción de los gráficos, que se cultivan trabajando.

El zapatero efectúa su oficio, al menos en parte, mecánicamente. Hasta sin quererlo echa a volar su imaginación. Cualquiera que sea su entendimiento, él los pule. Los más poseen una idea del mundo, algo como un sistema. Puede haber entre ellos individuos frívolos, pero la mayoría tiene una firmeza nada común.

Inicié mi aprendizaje en el taller del viejo Silva, zapatero honorable, alto, huesudo. De cada hueso o arruga suya fluía bondad. Fue borracho perdido. Con sus compinches consumía un chuico en cosa de horas. Cuando el vino les rebalsaba de la garganta, echábanse el resto en los bolsillos, se restregaban la cara con él, hacían locuras; pero alguien debió decirle que este vicio degrada, y debió ser en esos raros instantes en que el ser humano está en disposición de cambiar de rumbo. Manuel Antonio Silva cambió el vino por el agua, y comenzó a leer “La Conquista del Pan”.



Aunque su natural fuera rudo, fue dulcificándose por obra de sus nuevos pensamientos. Su voz no por gruesa y gastada era menos cordial. Logró mantener a su familia en la decencia y dispuso de un buen traje para visitar a los abogados, los jueces y otras personas de calidad. Hacía las veces de delegado de los anarquistas. Manejaba el poco dinero que éstos reunían. Lo acompañé en una visita que hiciera a don Carlos Vicuña, cuando éste habitaba en calle Jofré. Quizás fuimos a pedirle que defendiera a Rebosio. Don Carlos habló con vigor y elocuencia de la libertad. Lo escuché enteramente. Sin embargo, se interrumpió por un instante y me fulminó con una frase. Aludió a cierta sonrisa mía. Quedé confundido. Ignoraba que estuviera sonriendo y cuando atiné a excusarme el proseguía con su monólogo. Al irnos me dio la mano como si el pequeño incidente no hubiera existido. Toda la tarde estuve preocupado.



En la noche púseme ante el espejo e hice morisquetas y ensayé cuanta posibilidad de expresión cabía en mi rostro. Hube de convencerme que al extremar mi atención se distendían mis risorios, fenómeno que me daba la apariencia de sonreír.



Trabajaban con el viejo Silva dos zapateros. Los primeros días debí observar el arte zapateril y leerles páginas de Kropotkin o Sebastián Faure. Un ácrata andariego dijo que en Cuba los tabacaleros, mediante lectores pagados, junto con ir envolviendo los habanos enriquecían su espíritu. El viejo Silva disfrutaba con la lectura. Solíamos tener un corro de diez personas.



Pronto me entregó zapatos para lijarles la suela. A continuación aprendí a coser. Empero, mi especialidad era la terminación. Dejaba la suela plana, lustrosa, y no había detalle perfectible que no atendiera. Me imbuía en la obra y las horas volaban.

—¡Claro es que los ha dejado muy bonitos! ¡Pero así no ganará ni para comer! — exclamaba mi maestro y soltaba su risotada. Sólo entonces caía en la cuenta de que había gastado una mañana en pulir un par de zapatos viejos.



A cambio de mi lento trabajo, dábame almuerzo y algún dinerillo. Casi a diario su mujer me ofrecía porotos. Le quedaban muy sabrosos. Sólo mi madre los hacía mejores. Después de un trabajo intenso, toda comida es exquisita y ambrosía pura. Los oficinistas e intelectuales ignoraban esto. En cambio, qué bien lo saben los carpinteros, los paleros, los herreros. Y si luego de comer uno se echa en el suelo y recibe el calor de la tierra sobre el pecho y el vientre, en torno alienta el nirvana.

 


II

Cada domingo iba al centro. En éste sólo existía secretario. Los anarquistas, en su afán de eliminar la autoridad, acabaron con los presidentes. El término presidir involucra la idea de un mando. El vocablo secretario la de función. El secretario cumple acuerdos, no tiene poder. Este concepto que disminuye la autoridad, al menos en apariencia, se incorporó más tarde a las costumbres sindicales. 



Nuestro secretario no era permanente. Cualquiera sugería: “que actúe de secretario el compañero Amorós.”



Sin chistar el camarada Amorós sentábase ante la mesa y ofrecía la palabra. Alguien levantábase para decir lo suyo. Nunca faltaron los oradores. En potencia todos lo eran, y más de alguno no habría persistido en sus ideas si, durante un año, se le hubiese prohibido disertar. La revolución es verbo.



Solían asistir personas ajenas al grupo, que leían una conferencia o pronunciaban un breve discurso contra algo. Hablar a favor no era frecuente, salvo si se trataba de Kropotkin, Malatesta o Bakunin. 



Apareció una joven profesora. Vestía sencillamente. Era la primera mujer que hablaba ante nosotros. Las demás, muy pocas, toleraban nuestras ideas más por ser cónyuges de ácratas que por nacerles. La joven leyó varias páginas sobre emancipación femenina. Pasaron años y la vi nuevamente: cruzó en bicicleta por un pase. Era la segunda impresión de modernidad que me producía. Su nombra era Rita Mar.

Fuera de los chilenos, se dejaban ver en el centro un sueco de ojos azules, que no despegó sus labios jamás; un inglés cariancho, acaso nacido en dominio británico, que tampoco dijo palabra; un ruso, tipógrafo, de voz profunda; otro, eslavo también, comisionista, fino, bajito, delicado, con el terror de Siberia en su semblante; un tercero de nariz respingada, de oficio sombrerero, y un vidriero de ojos hundidos.



Los españoles abundaban: Universo Flores, repartidor de pan, inmenso, opulento, de rostro infantil; Francisco Rodríguez, bajo, de ojos risueños, que escuchaba largo rato y terminaba expresando su disconformidad con cualquier discusión teórica. Invierno y verano, un año y otro, solía decir:

— ¡Debemos ser prácticos! ¡Hay que fundar sociedades de resistencia!



Era comerciante. Compraba y vendía en los remates. Al surgir la República en España, allá se fue y murió defendiéndola en Asturias.



Casimiro Barrios, otro español, bajo y blanco, alegre, hombre excelente, era empleado de tienda en calle San Diego. Su simpatía hacíalo objeto de trato especial. Si cerca de la tienda había un mitin, su patrón le permitía abandonarla por una hora. Iba, decía un torrente de encendidas palabras y tornaba a vender telas. En la época de Ibáñez fue apresado y conducido a Arica. Más tarde dos pesquisas santiaguinos fueron por él. El prefecto, que previó algo siniestro, exigió se le firmase un recibo antes de entregarlo. Los agentes cumplieron la formalidad, llevaron a Barrios al valle de Azapa y en la cuesta de Ramírez lo asesinaron y enterraron. En el gobierno de Montero, el Congreso dio pensión a su viuda. Barrios dejó cuatro o cinco hijos.



Otro español fue José Clota: altísimo, muy encorvado, flaco, era cristiano puro. Odió los posesivos. Decía “la mujer”, “la hija”; pero ni por equivocación “mío o mí”. Trabajaba catorce horas diarias en su banco de zapatero. Sólo una vez tuvo ayudante y como éste le dijera, en un momento de enojo, que lo pulmoneaba, resolvió trabajar a solas. Así lo hizo a lo largo de se vuda. Los domingos vendía “La Batalla” en las calles del centro. Al cabo de un decenio se consagró únicamente en su oficio. Quizás si ya había nacido su hija y quiso asegurarle el porvenir. Clota murió del corazón.

 

Moisés Pascual, gran carpintero, representaba a Cataluña. Era y sigue siendo algo así como primo de Nuestro señor Jesucristo. Administraba el periódico. Una vez por semana íbamos a su casa a revisar los impresos llegados en el último correo. Agradábame sobremanera ver un periódico anarquista de Cantón, escrito en chino y esperanto.



Ángel Fernández, primo de Casimiro Barrios, era tardo de oído. En un comienzo fue libertario, luego le entró curiosidad por la teosofía y el nietzscheanismo. Leyó incontables veces “Así hablaba Zaratustra”. Parecían no importarle los hechos del mundo. En los corrillos pretendía escuchar poniéndose la mano tras su oreja. Si era conversación banal, retirábase a un rincón y miraba a los demás en estado de ausencia. Su conversación era deshumanizada. Nada terrenal valía para él. No obstante, si podía dirigirse al auditorio hablaba con palabras escogidas y tono trémulo. Costaba entenderle. Se le aplaudía con tremenda parquedad.



Dijo en una reunión que Augusto Comte murió “porque las células de su cerebro se le deshidrataron”. Tal afirmación le valió una mirada oscurísima de don Carlos Vicuña.



Trabajaba de noche en una empresa de pompas fúnebres. Solía ir a visitarle. Me acogía con su mirada de Lázaro. En seguida leíame con unción fragmentos de Nietzsche, de las “Rubayatas”. A pesar de la índole de sus lecturas, en cualquier instante estallaba en risotadas del todo impertinentes. No se refería jamás a la vida y subsistía sólo para leer y meditar. La única confidencia que me hizo fue ésta:



— He logrado ser como el adobe. No siento frío ni calor.

La última vez que lo vi pretendía subir a un tranvía, en Mapocho. Llevaba los brazos cargados de paquetes pequeños y tenía un inconfundible aspecto de fantasma, de hombre humo.

Teófilo Dúctil Pastor y Amado, a quien se le decía Fiolín, era miope. Sus cabellos colorines avanzaban sobre su frente a modo de visera. Poníase el sobrero en la nuca. Si no estaba discutiendo ardorosamente, hallábase arrimado a la pared con un libro montado en su nariz. Vino de España a la Patagonia, en donde fue pastor. Por su cortedad de vista él andaba por un lado y las ovejas por otro. Una noche sintió que se había extraviado. Dio voces durante un rato y, como nadie le respondiera, optó por dormir a la intemperie, acurrucado en su manta. Al amanecer pudo enterarse de que había pernoctado en la vecindad de las casas. Hizo algunas economías y vínose a Punta Arenas, pagó un año de pensión y leyó a su regalado gusto. Cuando se le acabó el dinero partió a Concepción, con el deseo de pasar allí sólo una temporada. Le pareció derroche arrendar un cuarto y buscó acomodo en una cueva del cerro Caracol. Al salir o volver a ésta, una chiquitina que habitaba en la casa cercana al cerro preguntaba a su madre:

— ¿Dónde vivirá, mamá, cuando para allá no queda ninguna casa?

 

Se vino a Santiago. Su único conocido era el pintor Prida, cuyo domicilio ignoraba Recorrió la capital y halló conveniente alojarse en el edículo que existía en plaza Italia, llamada por los santiaguinos “casitas de agua”. Escribió a su amigo al Correo Central. Fiolín no se atrevía a dormir sin precauciones. Éstas consistían en irse a pie a la Estación Central a paso rápido y regresar al trote. Cuando Prida vino a buscarlo lo encontró dormido. El pintor lo llevó a su casa, en donde vivía también Abelardo Bustamante. La comunidad era vegetariana y disponía de un saco de higos secos que, para librarlo de las ratas, suspendía de una viga al salir en la mañana.



Fiolín leyó todas las obras editadas por Sempere y cuanto publicara la Editorial Razón y Fuerza, fuera de algunos centenares de otros libros profanos. Sabía de todo. Pronto empezó a colaborar en periódicos anarquistas.



Vagaba sin rumbo. Vagando se encontró en la Estación Alameda con un grupo. Al acercarse se enteró que era un enganche para las salitreras. Se alistó inmediatamente. Como el tren debía salir enseguida, arrojó la llave de su pieza en un hoyo y partió con la conciencia tranquila. El trabajo de las salitreras ni fue de su gusto. Se fue a Iquique y entró de mozo en un circo. Su tarea consistía en vestir a los monos. Ponerles el pantalón no le costaba, pero sí el chaleco. Los monos le envolvían sus manos y colas en el cuello y casi lo estrangulaban. En las funciones anunciábase con grandes letras la actuación del “terrible oso negro”. En las horas ordinarias la fiera solía abandonar la jaula, que no era muy sólida. Todo era verla y darle tal cual varapalo para que el “terrible oso negro” volviese a encerrarse gimiendo.

De nuevo en Santiago, formó un grupo para estudiar esperanto y continuó echándose libros al cuerpo. Transcurrido un tiempo lo ganó el deseo de irse a aventurar a Buenos Aires. Allí aprendió francés en un par de meses y tradujo obras de Romain Rolland. Más tarde ofreciéronle un puesto de redactor en un diario de Mendoza.
De repente vino el anuncio de que en Rusia se había producido la revolución social. Prodújose un estado de anhelo y excitación. El pueblo recibió la nueva casi delirante, pero los anarquistas tenían sus reservas. Fiolín apareció una vez más en Santiago. La revolución rusa le había conmovido hasta las entrañas y venía a crearle ambiente. Los ácratas rechazaron su invitación a fraternizar con los bolcheviques. Odiaban la autoridad, detestaban al Estado y no querían ninguna dictadura, por transitoria que fuese y aunque se ejerciera en nombre del proletariado. Aceptaban el comunismo, pero no el control de las opiniones. Triviño fue su más ardiente impugnador. En otros países ocurrió algo semejante: Sacha Kropotkin, la hija del filósofo del anarquismo, abandonó a su marido cuando advirtió que éste se inclinó al comunismo dictatorial. Fiolín, muy triste, partió a  Mendoza, en donde siguió de periodista. No volvimos a tener noticias suyas. Al parecer, falleció unos quince años más tarde.

Amorós era un hombre modesto, sin brillo, poco locuaz. En la dictadura de Ibáñez, la policía lo desterró a Mendoza. No pasó largo tiempo sin que el dictador sufriera la misma suerte. Una hija de Amorós entró a su servicio. Amorós, cuya naturaleza de propagandista manteníase intacta, le hizo llegar al general, por mano de su hija, un ejemplar de “La Conquista del Pan”, de Kropotkin. Apenas lo leyó el señor Ibáñez, alabó el libro y encontró excelentes ideas, y hasta habló de implantarlas cuando volviese a gobernar. Ese fue el único triunfo de Amorós el sencillo.

Los anarquistas chilenos eran pobrísimos. De los extranjeros, en su mayoría obreros especialistas, desertaron los más. Con los años los he visto a la cabeza de industrias y comercios. El nivel de nuestra vida era demasiado bajo para ellos.


III


En el hogar del viejo Silva reuníanse al anochecer algunos camaradas. Era frecuente dar término a la tertulia del café de avenida Matta. Solíamos ir por la calle cantando:
Arriba los pobres del mundo.
De pie los esclavos sin pan.


Tal costumbre gregaria nos daba apariencia de canutos. La gente no disimulaba su piedad al vernos pasar, porque siempre se compadece al que profesa una religión extranjera.
Aunque los anarquistas proceden como si no hubiera Dios, y niegan al Estado, por su fe en la sociedad futura, por su confianza en la revolución social, por creer que las posibilidades del ser humano son infinitas, y por su adoración de la libertad ilimitada, constituyen una iglesia. Un anarquista no pondrá nunca fe en San Antonio de Padua ni en San Ambrosio, pero en su corazón reverencia a Bakunin, Malatesta, Kropotkin. Lo que uno ama lo ama religiosamente. Es así la condición humana.
Una vez que sonaba el último verso de “La Internacional”, seguía otro canto. Era muy de mi agrado el “Himno de Turati”, que ya nadie recuerda:

Venid todos, compañeros
a la lucha que se empeña,
la encarnada y libre enseña
luce al sol del porvenir.
Mutuo pacto es nuestra enseña,
que resulte un acicate
la gran causa del rescate
no halle nunca traición vil,
Desunidos, plebe somos
pero fuertes cuando unidos,
sólo triunfan los fornidos,
los que tienen corazón.


Entre los ácratas era Joaquín Catalán quien nos hacía cantar. Descendía de españoles y su oficio era pintor de carruajes. Catalán poseía una voz dulce y él mismo lo era. No pronunció jamás un discurso, ni discutía. Sólo cantaba. Su repertorio era inagotable. Otra canción que no he vuelto a escuchar, y cuya melodía romántica me hizo mella, era ésta, tal vez originaria del Perú:
Se fue la ingrata de aquí muy lejos,
a otro mundo se fue a habitar,
en otros brazos, con otros besos,
sus juramentos querrá olvidar.
Y aunque muy lejos de aquí te vayas,
mujer ingrata, yo te he de amar
porque el volcán que mi alma se halla
con esta ausencia crecerá más…


Acaso estos versos no digan nada y puedan parecer vulgares, pero su melodía me rondaba. Comenzaba a sentir interés por la mujer, y oyendo la canción, imaginaba mil historias en que era feliz o espantosamente desgraciado. Primero uno ensaya el amor dentro de su cabeza. Después trasciende.
Otro cantor, compañero de aventuras de Manuel Rojas, fue el Negro Nieves. Era menudo, de cabellera negra, ojos risueños, color muy moreno y una vestimenta hecha de roturas. Tanto su vestón como su pantalón eran pura tirilla, pero cuando cantaba — tenía voz de tenor — convertíase en un hombre de oro.
En el café juntábanse varas mesitas y comenzaba la charla. No faltaba quien contara sus experiencias. Los libertarios eran vagabundos, en parte por influencia de Gorki, en parte por espíritu internacional. Hallábase un argentino, Pica, repartidor de pan, que conocía muchos países. Tenía qué contar… Estando en Montevideo bajaron dos anarquistas italianos expulsados de Argentina. Recibieron pasaje directo a Italia. Resolvieron quedarse en Uruguay, tierra libre, asilo de perseguidos, y ofreciéronle el pasaje. Pica lo aceptó contentísimo. Llegó a Italia y la recorrió paso a paso. Se acostumbró a ir de una tierra a la otra. No había patria bastante grande para él. Era vigoroso, pequeño, muy corto de vista, rosado, con anteojos de anciano. Su  memoria carecía de fin. Alguna vez nos relató “Los Miserables”. Los representó. A cada personaje hacíale hablar con su tono. Era imposible no escucharle. Después no he conocido persona que usara tan bien los admirativos, los interrogativos, y que supiera narrar con tanto arte.
Su pensamiento secreto quizás fuera el hacerse escritor. Poseía una decena de gruesos cuadernos en que anotaba sus ocurrencias con letra clara y redonda. En un viaje por el interior de Argentina fue apresado por carecer de documentos personales. Comenzaba a generalizarse el uso del pasaporte, que tanto daño causa a las personas honradas. Al encontrarle los manuscritos y leerlos, supuso el policía que José Lejo Pica, por su mal traje y su aspecto humilde, no podía ser el autor. Además, este pronunciaba mal. No decía acto, sino ato; por defecto decía defeto. Y así. Se le retuvo varios días en el cuartel por si aparecía el cadáver de algún escritor en las inmediaciones…



IV


Cada domingo, a las dos de la tarde llegaba la gente al Centro Francisco Ferrer. Éste habíase mudado a un bodegón de la calle Cóndor, muy hondo, en el cual había un centenar de personas.
Antes de iniciarse la reunión, formábanse grupos en la acera y en la calle. Cada corrillo era una facultad en potencia. Si uno ponía la oreja cerca del zunco Ramírez, vendedor de billetes de lotería, las palabras célula, electrón, molécula, constancia, vibración formaban la médula del discurso.
— Por todo esto —decía— uno a ratos existe y a ratos no. Si me preguntaran si tú vives no sabría que responder. Sueles existir y al instante no eres nada, te has desintegrado.

Sus oyentes desgranábanse con presteza. Nunca agrada la duda.
El español Francisco Rodríguez insistía:
—Hay que ser práctico. Menos definición y más acción. ¿Para qué hablar tanto? ¿Para qué perderse en palabras? Organicemos sociedades de resistencia. En cada taller, en cada fábrica, debe organizarse una sociedad. Así se le hace frente al capital. Hay que ir al pueblo y no predicar a las nubes. ¿Qué obtenemos hablando para nosotros? Sabemos lo necesario.
Ahora viene la acción.
Al fin sonaba la campanilla y entraban.
—¿Qué camarada desea hablar?
Nadie chistaba.
— Podría hacerlo el compañero Pinto…—sugiere alguno.
Augusto Pinto hablaba con notable exaltación poética. Cogía una idea y de sus labios salía un poema en prosa. Su rostro era luminoso, sobresalía por su saber y su buen juicio. Siempre apelaba a la parte noble de los individuos. De sus palabras quedaba algo reconfortante, pero era parco y rara vez quería hablar. Al ser aludido bajó la cabeza e hizo un gesto negativo. (Tal vez lo único que los demás echaban de menos en sus oraciones líricas era la falta de un par de injurias).
Entonces un hombre muy gordo, de ojos muy negros y bigotes de largas guías se pone de pie y avanza a la mesa. Se produce un murmullo de disgusto. Él sonríe con bondad y mira al auditorio suavemente. Mas el ruido continúa y los rostros se contraen.
El orador saca su reloj Waltham, algo más pequeño que un despertador, lo deposita en la mesa, lo observa y expresa:
—Hablaré hasta las cuatro…
Hubo quien protestó al momento porque apenas eran las dos. Otros dejaron la sala. Los demás adoptaron una actitud del espera en una estación.
—La psicología de la palabra acracia, credo liberador de la especie humana, arranca del fondo de los tiempos, porque no debemos engañarnos…
Cada vocablo lo moduló con cuidado y lo degustó. Mas nada de lo que iba diciendo era urgente. Su contenido podía bastar para una charla privada con personas de confianza, que estuvieran habituadas al parloteo.
Los ácratas salieron de la sala y llegó un instante en que, fuera del orador, no permanecían allí sino el secretario, Augusto Pinto, y dos personas más, capaces de oír llover durante una semana sin advertirlo. El hablante adoptó un aire contrariado y expresó, no sin melancolía:
—Se habla mucho de libertad, pero cuando un compañero quiere dilucidar un problema, todos escapaba — y cogió su reloj y fue a ocupar su asiento.

No bien se hubo cuando los ausentes entraron en masa. Poco después se incorporó otro grupo pequeño.
—¿No se le ocurrirá hablar a éste?— preguntó, temeroso, Valdebenito a su vecino.
—¿Quién es?
—El Hombre Fiera. Al hablar hace doler la cabeza.
El hombre fiera estaba pegado a la pared en el fondo de la sala, con sus brazos cruzados sobre el pecho. Era de estatura mediana. Sus ojos claros y grandes expresaban un poquitito de desdén. Adivinábase en él una voluntad de aislamiento. A su lado se hallaba un individuo corpulento, de cara grande, que le hablaba con respeto.
—¿No podría decirnos algo el compañero Alcides?—sugirió el vecino de Valdebenito, más con la intención de molestar a éste que por deseos de oír a aquel. Valdebenito le aplicó un codazo disimulado. El secretario miró al camarada Alcides interrogativamente. Un momento después Alcides se aproximó a la mesa. Dio una mirada desdeñosa a los demás y aguardó que se hiciera silencio,
—¿Sobre quiénes descansa el capitalismo? ¿Quién sostiene la Iglesia? ¿Quiénes forman el ejército?
—Cuando empieza así nadie sabe en qué terminará—aseveró uno.
—El capitalismo descansa sobre los hombros de los pobres. Son los famosos pobres quienes mueven las máquinas, cargan el fusil, mantienen los templos, labran el campo, levantan casas, hacen caminos, sirven de policías, cocinan, cosen, lavan, extraen minerales, mueven los barcos, inventan, escriben a favor de los expoliadores, qué sé yo. ¿Los carceleros acaso son millonarios?
Es necesario abrir las molleras de los trabajadores y decirles que desarrollen su personalidad, que se endurezcan y se nieguen a mantener al Estado. Sólo la acción del hombre emancipado puede echar al suelo los poderes que hoy nos subyugan. La lucha, pues, debe radicar en el individuo que expresa su voluntad por sí mismo, fuera de todo partido, lejos de toda sociedad y de cualquier ligazón que ineludiblemente conduce a la tiranía. Nosotros no queremos reemplazar a los mandones ricos por mandones proletarios. Debemos luchar por que sean libres por igual todos los hombres. Un hombre dispuesto a mantener sus principios vale más que la multitud gregaria y dócil.
Aunque oían con interés, oían con disgusto. No podían negar que lo dicho por el camarada Alcides era verdadero, pero sus ideas daba a la verdad un perfil antipático.
—El derecho, ¿qué es el derecho? Algo que los poderosos pisotean cuando quieren. No existen sino hechos. Tú eres fuerte, tú persistes, y realizas parte de tus aspiraciones. Ahora, si no actúas, deberás contentarte con migajas, con lo que te abandonen buenamente los mandones. Es la acción individual, constante, secundada por cada asalariado, la que podrá darnos el triunfo final. Yo me digo: si todos los pobres abandonaran su función, y se cruzaran de brazos hasta que la sociedad se ordene de manera justa, ¿quién podría oponérseles? ¿Qué ejército sería capaz de reducirlos? Ninguno. Para llegar a esto hay que apelar a la conciencia de cada cual y decirle que use su cabeza y su voluntad, que no olvide el fin…
Rodríguez se dirigió a la mesa con paso nervioso:
—Estos individualistas son divertidos… ¿Cómo podríamos hacer frente a la burguesía desunidos cuando ésta ataca en filas compactas? Al proletariado hay que organizarlo para que lo respeten y consiga algo. Alcide es lector de Nietzsche y defiende ideas de libros. Sí. Mi modo de ver es que se debe afrontar la vida como es. ¡Sabemos que los pobres lo hacen todo! Mas, ¿qué conseguimos con decirlo? Si no se unen en sociedades de resistencia, ¿cuándo cambiará el mundo? En palabras la revolución social está hecha hace siglos. Otra cosa es operar el cambio. Ahí viene el forcejeo, incluso con los proletarios mismos. No digo que apoyemos a los partidos reformistas, a los partidos obreros, puesto que fatal es que trabajen para la burguesía apenas lleguen al poder, porque todo el mecanismo social está hecho para conservarles sus privilegios. Tampoco recomendaría atacar a los políticos obreros mientras sean consecuentes con sus principios. La lucha es muy seria y para hacer camino debemos aliarnos con cuantos nos pongan buena cara. Lo interesante es robustecer la acción directa y no olvidar que nuestro fin es formar una sociedad a base de grupos afines, de productores conscientes, a la cual cada hombre dará su esfuerzo y recibirá lo que necesita.
Al término de las disertaciones dejaban la sala y se fraccionaban en grupos, que seguían discutiendo.
Clota solía hacerme un gesto y nos poníamos en camino. En Alameda esperábamos el tranvía.
—¿A cuál subiremos?— le pregunté una vez.
—¿Y qué te importa?— fue su respuesta.
Guardé silencio y esperé que decidiera. Subimos al primero que llegó y fuimos a dar a la tornamesa. Seguimos a pie largo rato oliendo el aire del campo. Luego nos metimos por un potrero. Después de cansarnos me invitó a un rancho del que salía humo. Allí, junto con engullir algo, Clota promovió una conversación, no acerca del tiempo, sino sobre pobres y ricos. ¿Por qué éstos se enriquecían, por qué aquéllos permanecían en atroz pobreza?

Era difícil que su interlocutor no se impresionara. Los pobres sospechan que son robados, ciertos pobres que además con astutos están absolutamente seguros de serlo; no se les escapa que parte de su esfuerzo no vuelve a su bolsillo, sino que se empoza en el de los dueños, acaso porque éstos tienen bolsillos más grandes, pero no saben cómo defenderse. Les interesaría saber cómo liberarse, mas no suelen confiar en ninguno de los medios, y se resignan a su suerte. Clota, en sus paseos, dejaba una sentencia latente. Sabía que ninguna palabra se pierde y las decía con mesura y claridad. ¿No podía ocurrir que entre los oyentes estuviese el hombre que mañana sería un gran luchador?


V


En el taller del viejo Silva había mirones a cualquier hora, y mañana y tarde venían visitantes. No cesaba la conversación. Después de almuerzo llegó un señor de nariz bastante aguileña y algo roja, de espaldas un tanto curvadas. Cubríase con un sobretodo gris claro. No fue acogido con delirio. Entró y al momento extrajo de su faltriquera un libro doblado contra el lomo.
—Kropotkin, rebatiendo a Malthus, dice que cuando haya necesidad hasta de las piedras se podrá obtener alimento. Es algo raro. ¿Qué opinan ustedes?
—En el cerro San Cristóbal suelen verse peñascos atravezados por una raicita — expresó Alcides que estaba apoyado en la pared—. He leído que en Japón siembran los cerros del plan a a la cúspide. En ésta, si hay rocas, echan tierra y plantan encinas. Por lo demás, la tierra sobra en todas partes y lo que no dé ésta lo dará el mar, y luego el hombre está inventando lo que hace falta…
El individuo de nariz aguileña miró su reloj y dijo:
— Me voy. Tengo que cumplir varias órdenes. Mañana a las cuatro iré a detener a Rebosio. ¡Hasta otro día!
—¿Quién es? — pregunté.
—Es el pesquisa Prado. Es curioso, muy lector, visita casi a todos los anarquistas y nunca deja de llevar un libro. Conoce las ideas mejor que nosotros. Sin embargo, dudo que su interés sea sincero, si no ¿por qué ejerce tan feo oficio? ¿Por qué no trabaja en algo útil? Es joven todavía y tiene buenas manos… ¡Sería bueno avisarle a Rebosio que no se deje ver!
—Podría irse al puerto— dijo el viejo Silva dando vueltas al tirapié como si fuera un rosario.
—Este pesquisa no será jamás un hombre emancipado —sentenció Alcides—. Es débil. Lo he visto leer en los tranvías. Es uno de sus vicios, pero no compra un libro. Los pide a los compañeros. No obstante, dispone de plata para beber. De noche anda con paso vacilante. ¿Qué se puede hacer con un hombre así? No deja de ser extraño, al fin, su interés por cultivarse. Yo digo que para vivir se necesita valor… La mayoría no lo posee y se entrega al juego, a la pereza, a la bebida, a las mujeres y también a la religión. Cuesta ser hombre, serlo siempre y sacar fuerzas de sí mismo. Es más fácil embriagarse, llorar sobre la almohada en la oscuridad o esperarlo todo del cielo. Sin embargo, ¿quién, por infeliz que sea, no consigue resolver sus propias cuestiones en la medida de su capacidad? Con la cabeza y las manos se llega a cualquier resultado, pero vivimos todavía en la edad teológica. ¿Llegará el día en que el hombre se afirme en sus pies solamente? ¿Lo verá alguien reemplazar a los dioses por la reflexión, por su buen sentido? ¿Qué son ahora los hombres? Una piara, una multitud, algo sin cabeza, es decir: nada. Los engaña el diputado, los engaña el comerciante, los domina el militar…— en esta parte hizo el gesto de escupir pero se contuvo y no habló más.


VI

Los zapateros habían llevado su astucia para conseguir mejoras a un grado sublime. No hacían huelgas generales, sino parciales. Tampoco las promovían al azar. Estudiaban cuál podía ser la mejor época. Decidida la fecha, la huelga se declaraba en una sola fábrica…

Mientras el patrón respectivo estudiaba las peticiones, los operarios de las otras mantenían a los huelguistas. Si el patrón no resolvía con presteza, perdía los pedidos y podía quedar expuesto a la quiebra. Casi siempre adoptaba la melancólica resolución de ceder. Entonces entraba en aprietos el segundo fabricante.
Lisperguer, hombre severo, de ojos azules, hundidos, y de tupidas cejas, era el redactor de los manifiestos. Antes los redactó en la pampa salitrera como colaborador de Recabarren, pero hubo de venirse al sur porque en ninguna oficina quisieron darle trabajo. Aprendió tipografía y los redactó para los gráficos, que también ensayaron la huelga parcial. Poco a poco los impresores fueron cerrándole las puertas y fue necesario que aprendiera un tercer oficio. Eligió el de zapatero. Los industriales no tardaron en repudiarlo. Los más exagerados no querían ver ni su sombra. Entonces se hizo  zapatero remendón. Como otros anarquistas, acaso a modo de consuelo, mezcló a sus ideales una miaja de teosofía.
Entre los anarcos estimábase de ver la solidaridad con cualquier huelga, sea dando ayuda económica, sea participando en desfiles.
Con otros neófitos me incorporé a una larga columna de zapateros huelguistas que se movía desde Mapocho, por calle del Puente, hacia Avenida Matta. Los anarquistas, muy numerosos en este oficio, marchaban cantando.
En la esquina de Rosas vimos al pesquisa Prado, naturalmente con un libro de Sempere en la mano, que con sigilo atravesó por detrás de la fila nuestra, musitando al pasar:
—¡Váyanse porque más allá les van a pegar!
—¡No hay que hacer caso a estos perros! Lo dice para atemorizarnos — exclamó indignado un valentón que iba a mi derecha.
La columna siguió su destino. Llego a la Plaza de Armas — adormecida con el cantar de los gorriones—, arribó a la Alameda de las Delicias, torció a la derecha y siguió por San Diego. Los desfilantes prorrumpían en estentóreos abajo esto, arriba eso, muera tal, viva cual, o uno que otro canto revolucionario.
A la entrada de San Diego se incorporó un peluquero, persona seria, conquistada para las ideas hacía poco. Iba en una fila delantera. Con los cantos y los gritos no sentíamos el camino y nuestro estado de ánimo era delicioso. Un coche de cajón movíase lentamente por la izquierda. Dentro iban unos señores de ropaje oscuro. Al llegar a un solar, algo más acá de Diez de Julio, los cuatro sujetos que caminaban delante de nosotros levantaron el brazo a la vez y azotaron las cabezas de los que avanzaron en la fila delantera con sendos laques de goma, que llevaban mañosamente disimulados en las mangas. En aquella iba el peluquero. Algunos cayeron sangrando, otros quedaron atontados. Hacia el comienzo de la columna debió suceder otro tanto por que esta se dispersó. Varios individuos corrieron en busca de amparo hacia las puertas. Detúvose el coche y pude ver que se asomó un vejete negro, con el paletó cerrado cerca de la garganta, de mejillas rojas decoradas con larguísimas chuletas, y de ojos velados por lentes opacos. Se cubría con sombrero, negro también, de forma cordobesa.
Sus acompañantes, jefes de policía secreta, daban órdenes a los pesquisas que seguían rompiendo cabezas de huelguistas.
Mientras corría, movido por la necesidad de vivir un tiempo más, comprendí cuán verdaderas resultaban las aseveraciones del filósofo Alcides: jefes y agentes eran pobres; no obstante, con qué ardor apaleaban a otros pobres que luchaban por mejorar su salario.
Los huelguistas heridos a la que fueron, como es costumbre, detenidos por alterar el orden público. El Comité Pro Presos buscó abogado y, en la mañana siguiente, fuimos a la Justicia. Vi salir de la Sección de Detenidos al peluquero con la cabeza vendada que parecía cubierta con un turbante. Lo condujeron al juzgado. Al mediodía el juez lo dejó en libertad bajo fianza, sin perjuicio de requerimientos y citaciones. No pudo probar que fue atacado. ¿Quién podría atacarle si no daba motivos? El hecho de estar herido era presunción en su contra.
El peluquero, espantado con tan atroz bautismo, no se dejó ver en ningún otro mitin o desfile. Poco a poco devino espiritista, aunque alguna vez dio tal o cual suma para reeditar libros de Kropotkin.


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