Mijaíl Bakunin: “Por razones de Estado” (1868)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

La existencia de un Estado soberano, exclusivista, supone necesariamente la existencia y, llegado el caso, provoca la formación de otros Estados como tal, ya que es bastante natural que los individuos que se encuentren fuera de él y que sean amenazados por él en su existencia y en su libertad, deban, a su vez, asociarse contra él. Tenemos así a la humanidad dividida en un número indefinido de Estados extraños, todos hostiles y amenazados unos por los otros. No hay derecho común, no hay contrato social de ningún tipo entre ellos; de otro modo dejarían de ser Estados independientes y se volverían miembros federados de un gran Estado. Pero a menos que este gran Estado abrazara a toda la humanidad, se vería confrontado por otros grandes Estados, cada cual federado en su interior, cada cual manteniendo la misma postura de hostilidad inevitable.
La guerra aún sería la ley suprema, una condición inevitable de la supervivencia humana.
Todo Estado, federado o no, buscaría por lo tanto convertirse en el más poderoso. Debe devorar para no ser devorado, conquistar para no ser conquistado, esclavizar para no ser esclavizado, ya que dos poderes, similares y sin embargo ajenos el uno al otro, no pueden coexistir sin destrucción mutua.
El Estado, por lo tanto, es la más flagrante, la más cínica, y la más completa negación de la humanidad. Destruye la solidaridad universal de todos los seres humanos en la tierra, y lleva a algunos de ellos a asociarse sólo con el propósito de destruir, conquistar, y esclavizar al resto. Protege a sus ciudadanos solamente; reconoce los derechos humanos, la humanidad, la civilización dentro de sus propios confines solamente. Dado que no reconoce derechos fuera de sí, lógicamente se arroga el derecho de ejercer la más feroz inhumanidad hacia toda población extranjera, a la que puede saquear, exterminar, o esclavizar a voluntad. Si es que se muestra generoso y humano para con ellos, nunca es por un sentido del deber, pues no tiene deberes excepto para sí mismo en el primer lugar, y luego para aquellos de sus miembros que lo han formado libremente, quienes libremente siguen constituyéndolo o incluso, como siempre ocurre a la larga, para quienes se han vuelto sus súbditos. Como no hay ley internacional en existencia, y como nunca podría existir de un modo significativo y realista sin minar en sus  mismísimos cimientos el principio mismo de la soberanía absoluta del Estado, éste no puede tener deberes hacia poblaciones extranjeras. Por ende, si trata a un pueblo conquistado de modo humano, si solo le saquea o extermina a medias, si no lo reduce al más bajo grado de esclavitud, puede esto ser un acto político inspirado por la prudencia, o incluso por pura magnanimidad, pero nunca lo hace por un sentido del deber, pues el Estado tiene un derecho absoluto de disponer de un pueblo conquistado a voluntad.
Esta negación flagrante de la humanidad que constituye la esencia misma del Estado es, desde el punto de vista de éste, su deber supremo y su mayor virtud. Lleva el nombre de patriotismo, y constituye toda la moral trascendente del Estado. Le llamamos moral trascendente porque usualmente va más allá del nivel de la moral y la justicia humanas, ya sea de la comunidad o del individuo particular, y por la misma razón se encuentra a menudo en contradicción con éstos. Por lo tanto, ofender, oprimir, despojar, saquear, asesinar o esclavizar a los semejantes es considerado comúnmente un crimen. En la vida pública, por otra parte, desde el punto de vista del patriotismo, cuando estas cosas se hacen por la gloria mayor del Estado, por la preservación o la extensión de su poder, todo se transforma en deber y virtud. Y esta virtud, este deber, son obligatorios para cada ciudadano patriótico; todos deben supuestamente ejercerlos no contra extranjeros solamente sino contra los propios conciudadanos, miembros o súbditos del Estado como uno mismo, cuando sea que el bienestar del Estado lo requiera.
Esto explica por qué, desde el nacimiento del Estado, el mundo de la política ha sido siempre y sigue siendo el escenario para la sinvergüenzura y el bandidaje, bandidaje y sinvergüenzura que, por cierto, son tenidos en alta estima, puesto que son santificados por el patriotismo, por la moral trascendente y el interés supremo del Estado. Esto explica por qué toda la historia de los Estados antiguos y modernos es meramente una serie de crímenes repugnantes; por qué reyes y ministros, del pasado y el presente, de todos los tiempos y todos los países — estadistas, diplomáticos, burócratas, y guerreros — si son juzgados desde el punto de vista de la simple moral y la justicia humana, se han ganado por cientos, por miles su sentencia al trabajo forzado o al cadalso. No hay horror, no hay crueldad, sacrilegio, o perjurio, no hay fraude, no hay infame transacción, no hay cínico robo, no hay descarado saqueo ni malvada traición que no haya sido o que no sea a diario perpetrada por los representantes de los Estados, bajo ningún otro pretexto que aquellas elásticas palabras, tan convenientes y sin embargo tan terribles: “por razones de Estado”.

— Mikhail Bakunin, 1868