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Max Nettlau: Mikhail Bakunin (1914)

Traducción al castellano: @rebeldealegre

La mayoría de los centenarios, aún nacidos mucho después y los que aún están entre nosotros, no son más que reliquias disecadas de un pasado remoto; mientras otros pocos, aunque han partido hace largo tiempo, siguen llenos de vida, y en vez nos hacen sentir cuán poca vida y energía hay en la mayoría de nosotros. Estos hombres, en adelanto a su época, prepararon nuevos caminos para las generaciones venideras, las que son con frecuencia demasiado lentas para seguirles. Profetas y soñadores, pensadores y rebeldes se les llama, y de aquellos que, en la lucha por la libertad y la felicidad social de todos, unieron las mejores cualidades de estas cuatro descripciones, Mikhail Bakunin es por lejos el más conocido.

Al rememorarlo, no olvidaremos a los variados y menos conocidos pensadores y rebeldes, muchísimos de los cuales desde las décadas del treinta hasta la década de los setenta del último siglo [diecinueve] tuvieron, por contacto personal, su parte en la formación de tal o cual parte de su personalidad. Ninguno de ellos, sin embargo, tuvo el gran don de unir en una corriente de revuelta todos los diversos elementos del pensamiento revolucionario, y aquel ardiente deseo por llevar a cabo la acción revolucionaria colectiva que constituyen las más fascinantes características de Bakunin.

Rebeldes corajudos y heroicos siempre han existido, pero sus propósitos fueron muy a menudo muy estrechos, no habían superado los prejuicios políticos, religiosos y sociales. Nuevamente, los más perfectos “sistemas” se conformaban teóricamente; pero estos pensadores generosos carecían del espíritu por recurrir a la acción de su realización, y sus métodos eran mansos, dóciles, y tibios. Fourier esperó por años que un millonario llegase a darle el dinero para construir el primer Falansterio. Los sansimonianos tuvieron sus ojos en reyes o hijos de reyes que pudiesen ser persuadidos a realizar sus propósitos “desde arriba.” Marx estuvo satisfecho con “probar” que la decadencia del Capitalismo y la venida de las clases trabajadoras al poder ocurrirán automáticamente.

Entre los socialistas mejor conocidos, Robert Owen y Proudhon, Blanqui y Bakunin, intentaron realizar sus ideas mediante la acción correspondiente. El espléndido “Ni Dios, Ni Amo” de Blanqui, es, sin embargo, contrariado por el carácter autoritario, políticamente estrecho, y nacionalista de su acción práctica. Tanto Owen como Proudhon representan, en cuanto a medios de acción, el método de la libre experimentación, que, en mi opinión, es el único bueno aparte del método de la revuelta individual y colectiva defendida por Bakunin y muchos otros.

Las circunstancias — la debilidad de las pequeñas minorías frente a la fuerza bruta de la autoridad tradicional, y la indiferencia de la gran masa de la población — aún no tienen chance de ninguno de ambos métodos para mostrar lo mejor de lo suyo, y, siendo las vías del progreso múltiples, ninguno de ellos puede demostrar que el otro es superfluo. Estos socialistas y anarquistas experimentales, entonces, no son ni superiores ni inferiores, sino simplemente distintos, disimilares de Bakunin, el más fiero representante de la idea de la acción revolucionaria real.

Sus principios económicos no son originales; aceptó a voluntad la disección del sistema capitalista de Marx; tampoco se extendió en particular sobre los métodos futuros de distribución, declarando solo la necesidad de que cada cual reciba el producto total de su trabajo. Pero para él la explotación y la opresión no eran meramente agravios económicos y políticos que serían abolidos por modos más justos de distribución y participación aparente en el poder político (democracia); él vio más claro que casi todos los socialistas anteriores la cercana conexión de todas las formas de autoridad, religiosa, política, social, y su encarnación, el Estado, con la explotación y sumisión económica.

Por ende, el Anarquismo — que no requiere ser definido aquí — era para él la base necesaria, el factor esencial de todo socialismo real. En esto difiere fundamentalmente de tantos socialistas que pasan por alto este inmenso problema con algún malabarismo verbal entre “gobierno” y “administración”, “el Estado” y la “sociedad,” u otros, pues un real deseo de libertad no ha sido aún despierto en ellos. Este deseo y su consecuencia, la determinación a la revuelta para realizar la libertad, existe en todo ser; debiese decir que existe en alguna forma y en algún grado en la más pequeña partícula que compone a la materia, pero años de sacerdocio y estatismo lo han asfixiado casi, y años de supuesta democracia, de triunfante Social Democracia incluso, no harán posible su despertar nuevamente.

Aquí el socialismo de Bakunin entra con toda fuerza; la libertad  mental, personal y social para él son inseparables — Ateísmo, Anarquismo, Socialismo una unidad orgánica. Su Ateísmo no es aquel del librepensador ordinario, que bien puede ser un autoritario y un anti-socialista; tampoco es su socialismo aquel del socialista ordinario, quien bien puede ser, y muy a menudo es, un autoritario y un cristiano; tampoco su anarquismo se desviaría jamás hacia las excentricidades de Tosltoi y Tucker.

Pero cada una de estas tres ideas penetra a las otras dos y constituye con ellas una realización viviente de la libertad, tal como todos nuestros prejuicios y males intelectuales, políticos, y sociales descienden de una fuente común — la autoridad. Quien lea “Dios y el Estado,” la más conocida de muchas exposiciones escritas de estas ideas de Bakunin, podrá descubrir que cuando las costras de la religión caigan de sus ojos, al mismo momento también el Estado aparecerá para aquel en su hórrida horripilancia, y el socialismo anti-estatista será la única salida. La minuciosidad de la propaganda socialista de Bakunin es, a mi impresión, única.

Desde estos comentarios se puede recoger que disiento de ciertos esfuerzos recientes por reivindicar a Bakunin casi exclusivamente como un sindicalista. Él estuvo, en el tiempo de la Internacional, muy interesado en ver las masas esparcidas de los trabajadores combinarse en sociedades de intercambio o en secciones de la Internacional. La solidaridad en la lucha económica habría de ser la única base de la organización de la clase trabajadora. Expresó la opinión de que estas organizaciones evolucionarían espontáneamente en cuerpos socialistas federados, la base natural de la sociedad futura. Esta evolución automática ha sido bien contestada por nuestro compañero suizo Bertoni. ¿Pero acaso Bakunin realmente quiso decir eso cuando lo bosquejó en sus escritos de propaganda pública elemental?

No debemos olvidar que Bakunin — y aquí tocamos una de sus fallas — viendo las disposiciones atrasadas de las grandes masas de su tiempo, no pensó posible propagar la cabalidad de sus ideas directamente entre las personas. Al insistir en la organización puramente económica, deseó proteger a las masas contra el codicioso político que, bajo el manto del socialismo, labra y explota su “poder” electoral en nuestra era de progreso!

Quiso él además prevenir su caída bajo el liderazgo del socialismo sectario de cualquier tipo. No quiso, sin embargo, que cayeran en manos y bajo los pulgares de líderes obreros, a quienes conoció, hasta la saciedad, en Génova, y a quienes estigmatizó en sus artículos de Egalité de 1869. Su idea era que entre las masas organizadas interesadas en la guerra económica los anarquistas revolucionarios completos debían ejercer una actividad invisible pero cuidadosamente concertada, que coordinase las fuerzas de los trabajadores y les hiciese dar un golpe en común, nacional e internacionalmente, en el momento correcto.

El carácter secreto de este círculo interno, Fraternité y Alliance,  era para que fuese una salvaguarda contra la ambición y el liderazgo. Este método pudo haber derivado de sociedades secretas de tiempos pasados; Bakunin lo mejoró tan bien como pudo en dirección a la libertad, pero no pudo, claro, remover los males resultantes de toda vulneración de la libertad, por pequeña y bien intencionada que fuese al comienzo. Este problema ofrece amplias posibilidades, desde la dictadura y el liderazgo “democrático” al impulso invisible y preconcertado de Bakunin a la iniciativa libre y abierta, y a la espontaneidad total y la libertad individual. Imitar a Bakunin en nuestros días en este respecto no significaría un progreso, sino repetir un error del pasado.

Al criticar esta dirección de movimientos secreta y preconcertada, considerada peor que inútil en nuestro tiempo, no debemos pasar por alto que la razón entonces existente para hacer tales arreglos también se ha casi ido. Para Bakunin, que participó en los movimientos de 1848-49, en la insurrección polaca a comienzos de la década del sesenta, en movimientos secretos italianos, y quien, como tantos, previó la caída del Imperio Francés y una revolución en París, que puedo haber ocurrido bajo mejores auspicios que la Comuna de 1871 — para él, entonces, un “1848” socialista internacional, una revolución real, era una cosa tangible que podía realmente ocurrir ante sus ojos, y por lo que hizo lo mejor que pudo por realmente llevar a cabo influyendo y coordinando secretamente a los movimientos de masas locales.

En nuestros sobrios días se nos ha dicho tan a menudo que todo esto es imposible, que las revoluciones son inútiles y están obsoletas, que, con pocas excepciones, ningún esfuerzo vale, y que la necesidad de reemplazar procedimientos semi-autoritarios como el de Bakunin por el libre juego de la iniciativa individual y otros métodos mejorados, nunca parece surgir.

Los mejores planes de Bakunin fallaron por varias razones, una de las cuales fue la pequeñez de los medios que los movimientos, entonces en su infancia, le ofrecieron en todo respecto. Ya que todas estas posibilidades son asunto del pasado, permítanme extenderme por un momento en el pensamiento de lo que Bakunin hubiese hecho si hubiese vivido durante los movimiento del Primero de Mayo de comienzos de la década del noventa [1890] o durante los esfuerzos de huelga general continental en los diez años siguientes.

Con la décima parte de los materiales que contenían estos movimientos, que explotaron algunos aquí, otros allá, como fuegos artificiales, en espléndido aislamiento, Bakunin hubiese atacado al capitalismo internacional y al Estado en todas partes de un modo nunca antes oído. Y los movimientos que realmente crean nuevos métodos de lucha exitosa contra un gobierno fuerte, como el movimiento Suffragette y  el Ulster, nunca le hubiesen dejado a un lado en frío desdén, pues su estrecho propósito no era el suyo.

Imagino que no hubiese descansado día y noche hasta haber levantado el movimiento social revolucionario a un nivel similar o mayor de eficiencia. Pensar en esto le hace a uno sentirse vivo; ver la gris realidad de nuestro sabio le pone a uno a dormir nuevamente. Soy el último en pasar por alto a los muchos anarquistas que se sacrificaron en actos de valor — el último en urgir a otros a hacer lo que no hago yo: solamente declaro el hacho de que con Bakunin gran parte de la fe en la revolución murió, que la esperanza y la confianza que emanó de su gran personalidad nunca se restauraron, y que en las infinitas posibilidades de los últimos veinticinco años se encontraron muchos compañeros excelentes que hicieron lo mejor que pudieron, pero en en los hombros de ninguno ha caído el manto de Bakunin.

¿Cuál, entonces, fue y es la influencia de Bakunin?

Es maravilloso pensar cómo se levantó en la Internacional en el momento correcto para prevenir que la influencia de Marx, siempre predominante en los países del norte, se tornara general. Sin él, el marxismo soso, político, eleccionista hubiese caído como rocío también en el sur de Europa. Pensemos sino en cómo Cafiero, más adelante el más osado anarquista italiano, había vuelto a Nápoles antes como el amigo y admirador de confianza de Marx; cómo Lafargue, yerno de Marx, fue el apóstol escogido del Marxismo para España, etc. Para oponerse a los esquemas profundamente arraigados de Marx, una persona de la experiencia e iniciativa de Bakunin era realmente necesario; por él solamente los jóvenes movimientos de Italia y España, aquellos del sur de Francia y de la Suiza francoparlante, y una parte del movimiento ruso se soldaron, aprendieron a practicar la solidaridad internacional y a preparar la acción internacional.

Esto por sí solo creó una base duradera para el movimiento anarquista por venir, mientras en todo otro lugar los otros movimientos socialistas, descritos como utópicos y no-científicos, debían dar paso al marxismo, proclamado como la única doctrina científica! Las persecuciones tras intentos revolucionarios con frecuencia redujeron estos territorios libres del anarquismo a un mínimo; pero cuando Italia, España, y Francia fueron silenciados, algún rincón en Suiza donde la semilla de Bakunin había caído siempre prevalecía, y de este modo, gracias a la sólida obra de Bakunin y sus compañeros, principalmente desde 1868 a 1874, la Anarquía, fue siempre capaz de enfrentar a sus enemigos y de revivir.

La influencia inmediata de Bakunin se redujo tras su retiro del movimiento en 1874, cuando ciertos amigos le abandonaron; la mala salud — murió en Junio de 1876 — le frenó de continuar su obra con elementos frescos reunidos a su alrededor. Pronto tras su muerte comenzó un período de elaboración teórica, donde fueron examinados los métodos de distribución y se moldeó el Anarquismo Comunista en su forma presente. En aquellos años además, luego del fracaso de muchas revueltas colectivas, la lucha se tornó más agria, y se recurrió a  la acción individual, la propaganda por el hecho, un procedimiento que hizo a los arreglos preconcertados secretos a la usanza de Bakunin inútiles. De este modo, tanto sus ideas económicas, el Anarquismo Colectivista, como su método favorito de acción ya aludido, se volvieron por decirlo así obsoletos, y fueron abandonados.

Sumemos a esto que desde 1879 y 1880 el Anarquismo podía ser propagado abiertamente a gran escala en Francia (principalmente en París y en la región de Lyon). Esta gran extensión de la propaganda dio muchas nuevas obras, un nuevo espíritu entró a los grupos, pronto las artes y la ciencia estaban impregnados de Anarquismo — la maravillosa influencia de Élisée Reclus estaba en acción. En los turbulentos días de Bakunin no había tiempo para esto, no por falta suya.

En resumen, el anarquismo en Francia y en muchos otros países estaba en su vigorosa juventud, un período en que la tendencia a mirar hacia adelante fue grandiosa, y el pasado era abandonada como una cuna de infancia. Por esta razón, y porque muy poca información sobre Bakunin era accesible a los anarquistas de la década de los ochenta, su influencia en aquellos años siguió siendo pequeña. Debo mencionar que ciertas opiniones de Bakunin ganaron mucho terreno en el movimiento revolucionario ruso de la década de los setenta y después, pero no puedo extenderme más sobre esto.

En 1882, Reclus y Cafiero publicaron el extracto de elección desde muchos manuscritos dejados por Bakunin: “Dieu et Etat!” (Dios y el Estado), un panfleto que B. R. Tucker afortunadamente tradujo al inglés (1883 o 1884). Éste o su reimpresión en inglés circularon en Inglaterra cuando no existía ningún otro panfleto anarquista en inglés, y su librepensamiento anarquista radical o el Anarquismo de pleno  librepensamiento ciertamente dejó marcas duraderas en los primeros propagandistas anarquistas, y lo seguirá haciendo. Claro, lo mismo aplica a las traducciones en muchos países.

Cerca de 1896, una parte considerable de la correspondencia de Bakunin fue publicada, precedida y seguida de muchos extractos de sus manuscritos sin publicar, una parte de los cuales está ahora ante nosotros en los seis volúmenes de la edición de París de sus obras. Se hizo posible, con la ayuda de éstas y muchas otras fuentes, examinar su vida en detalle, y en particular ofrecer, con pruebas en la mano, la historia de la gran lucha en la Internacional, y disolver las calumnias y mentiras apiladas por los escritores marxistas y los autores burgueses que les siguieron.

Todo esto trajo un resurgimiento del interés por Bakunin; ¿pero no hay una causa más profunda para tal resurgimiento? Cuando Bakunin partió, sus amigos se sintieron quizás bastante aliviados, pues la presión que él puso en su actividad era a veces demasiado para ellos. Nosotros,  en nuestros tiempos, o algunos de nosotros, al menos, estamos quizás en la situación opuesta: no hay presión sobre nosotros, y podríamos querer que alguien nos levantara. Así miramos hacia atrás al fin y al cabo con patética simpatía a la heroica era del Anarquismo, desde los tiempos de Bakunin hasta los comienzos de la década de los noventa [1890] en Francia. Muchas cosas han ocurrido desde entonces — requiero recordar el nombre de Ferrer; pero, en mi opinión al menos, una admiración complaciente del sindicalismo ha reemplazado demasiado a menudo todo pensamiento de acción anarquista.

Lo digo nuevamente: es absurdo pensar que Bakunin hubiese sido un sindicalista y nada más — pero qué hubiese intentado hacer del sindicalismo, cómo hubiese intentado agrupar éstos y muchos otros materiales para la revuelta y conducirlos a la acción, mi imaginación no puede bosquejar esto, pero siento que las cosas hubiesen sido de otra forma, y los capitalistas dormirían con menos tranquilidad. No soy admirador de personalidades, y tengo muchas faltas que encontrar en Bakunin también sobre otras bases, pero esto es lo que siento, que donde él estaba la rebelión crecía a su alrededor, mientras hoy, con tan espléndido material, la rebelión no está en ninguna parte. Sudáfrica, Colorado, son siempre eventos tan esperanzadores, pero pensemos qué hubiese hecho de ellos un Bakunin — y luego podemos medir el valor de este hombre en la lucha por la libertad.


Freedom, Junio de 1914